jueves, 10 de diciembre de 2015

ACERCA DE EDMUNDO RIVERO Y LOS REYES DE ESPAÑA

    

     Sabido es que por el Almacén de Rivero han desfilado destacadas personalidades.
         En cuanto a visitantes de linaje real, recordemos a los reyes de España, quienes concurrieron el 28 de noviembre de 1978.
         Aquella noche Rivero decidió comenzar el espectáculo con “Uno”, de Mores y Discépolo, tema que le fue señalado como uno de los predilectos del rey Juan Carlos. Después, el singular pedido de la reina Sofía: el tango “Cambalache”, de Enrique Santos Discépolo. Rivero lo cantó y, como final, agregó “Amigos que yo quiero”, de Hugo Gutiérrez.
         Al bajar Rivero del tablado para presentar su saludo a los visitantes, les pidió que firmaran el libro de honor y les hizo entrega de varias grabaciones. Los reyes firmaron y Juan Carlos ofreció, a su vez, su estilográfica para que el cantor le dedicara los discos, pidiéndole luego que volviera al escenario -en lo posible- para interpretar “Sur”, de Aníbal Troilo y Homero Manzi.
         El monarca se despidió diciéndole a Rivero: “En la recepción de mañana me gustaría hablar de tangos con usted”.

Carta del Marqués de Mondejar en respuesta al envío del libro "Todo Rivero"

"Uno" - tango de Enrique Santos Discépolo y MarianoMores
Canta Edmudo Rivero con la orquesta de Aníbal Troilo

jueves, 3 de diciembre de 2015

UN TANGO PARA FRANKENSTEIN





E
n la novela Frankenstein, escrita en 1816, cuando la Criatura le pide a su creador que le haga una novia, lo hace con estas palabras: Estoy terriblemente solo, nadie quiere compartir mi vida; es imposible que nos separemos sin que prometáis concederme lo que os pida. Sólo una mujer tan monstruosa y deforme como yo estaría dispuesta a concederme su amor; una mujer que fuera en todo semejante a mí, que poseyera incluso mis defectos.
Si aceptáis otorgarme lo que os suplico, nunca, ni vos ni cualquier otro ser humano, volveréis a verme. Me estableceré en las enormes tierras deshabitadas de América del Sur.
O sea que, si la Criatura a la que solemos llamar Frankenstein, le echó el ojo a la Patagonia, bien pudo haber cantado este tango (2 / IX / 2002)


 FRANKENSTEIN 
            (tango)

Entre el horror y el espanto
hago de mi grito un canto:

Mi drama es no tener madre
y ser engendro de un padre
que ahora reniega de mí,
y aunque sin nacer nací
sin tener siquiera un nombre
soy sólo un remedo de hombre,
un muñeco desdichado,
y si fui galvanizado
por mi padre Frankenstein,
en tangótico vaivén,
hoy lo que más me subleva
es ser un Adán sin Eva,
tener prohibido el nosotros
y ver amarse a los otros.
¡Ver cómo comen perdices
y yo con mis cicatrices!
Es por mi figura horrible
que nunca seré querible;
y hago de mi grito un canto
entre el horror y el espanto:

Mi drama es no tener madre.
¡Compadre! 

                     "FRANKENSTEIN" - Letra: Luis Alposta - Música : Acho Estol
                              por La Chicana - Canta: Dolores Solá
       

"DEL DIARIO DE VICTOR FRANKENSTEIN" - Letra: Luis Alposta - Música: Acho Estol
por La Chicana - Canta: Dolores Solá

jueves, 26 de noviembre de 2015

PIOVE EN SAN TELMO


"Domingo bajo la lluvia" (San Telmo) - óleo de Nelly Cortizo


PIOVE EN SAN TELMO
(tango)

Piove en San Telmo
dulce percanta
y  al  sol  no  brilla
la  rosa  blanca.

Piove  en  el  barrio
en  la  cheno  oscura.
Nubes  de  atorro
cubren  la  luna.

Juná  la  lluvia  en  la  yeca,
estrilando  en  la  ventana.
Juná  al  viento  y  la  neblina
que  al  ancho  río  deschavan.

Que  al  ancho  río  deschavan.
San  Telmo,  minga  de  sol.
Garúa  de  un  tiempo  viejo
cayendo  en  mi  corazón.

Letra: Luis Alposta
Música: Juan Carlos "Tata" Cedrón
Grabado por el Tata en París, en dic. de 2004  

Canta Lidia Borda



jueves, 12 de noviembre de 2015

ACERCA DE ENRIQUE HORACIO PUCCIA

Matasello emitido por el Correo Argentino
dibujo de Luis Alposta (h)
     Enrique Horacio Puccia nació en Barracas el 14 de noviembre de 1910 y falleció el 26 de septiembre de 1995. Fue miembro fundador de la Junta Central de Estudios Históricos de la Ciudad de Buenos Aires y presidente de la misma en el período 1980-1995.
         Puccia nos permite conocer a la ciudad toda desde su trama más íntima y reveladora, transportándonos al tiempo de Villoldo; historiando calles y barrios; hablándonos de su "Barracas en la historia y en la tradición", desde sus singularidades, sus secretos y las vidas de sus gentes. En su condición de historiador, su inquietud fecunda ha estado centrada siempre en Buenos Aires, ciudad a la que amó entrañablemente.
         Por eso el Día del Historiador Porteño (14 de noviembre), se instituyó pensando en él.
         Pero, además de sus méritos intelectuales, Enrique Horacio Puccia tenía otros títulos más íntimos a nuestra consideración y a nuestro afecto. Su sentido de la amistad, su trato amable y cordial, nos lo hacían particularmente dilecto.
         Su presencia era un regalo en cualquier parte y su encuentro casual deparaba siempre las más gratas sorpresas. Se le veía llegar con el rostro sonriente, y de inmediato nos atrapaba con su conversación, en la que se juntaban la anécdota sabrosa, la referencia erudita y la evocación admirable de personas y hechos. 
         Así lo recuerdo. 
        

         Fue el 31 de agosto de 1982. Acababa de finalizar el Segundo Congreso de Historia de los Barrios Porteños y los Amigos del Café Tortoni decidieron homenajear a Enrique Horacio Puccia, presidente entonces de la Junta Central y del mencionado Congreso, entregándole la “Orden del Pocillo”.
Aquella noche, al finalizar el acto y después de compartir un café, le dediqué este soneto:
                                       
                    A PUCCIA

Hoy me asiste el deseo y la esperanza
frente a una hoja en blanco que me acucia
de lograr un soneto fratelanza
sin espamento alguno y sin argucia.

No es mi intención plasmar una semblanza
ni buscar esa rima casquilucia
que al remate me lleve sin tardanza
haciendo de un soneto una minucia.

No hace falta caer en alharacas.
Que aquí el punto es Enrique, el de Barracas,
a quien Quinquela le entregó el "tornillo"

por gomía y troesma roncoroni
y al que hoy toda la barra del Tortoni
lo agasaja y le entrega su "pocillo".

                                            Luis Alposta
"El cuarteador" - tango - Letra: Enrique Cadícamo - Música: Rosendo Luna (seudónimo de E. Cadícamo) - Canta Angel Vargas - Orq. de Angel D’Agostino

jueves, 29 de octubre de 2015

SONETO DEL ADIOS A LA MUSA FINOLI


SONETO DEL ADIOS

  A LA MUSA FINOLI


Concurría a sus clases con una furia loca.
Entró a darme manija… me dio vocabulario…
y esta fue la consigna que repetía a diario:
- A Celedonio Flores se mira y no se toca. 



Buen empilche, buen lomo y un taller literario.
(Que la mina es finoli desde lejos se embroca).
Esos cinco minutos que uno tiene de otario:
se me vino de river y me le fui de boca.

Tiró más que una yunta. Siempre pensando en ella
me pasaba las horas laburando algún verso.
Escabuyí los brolis firmados por Centeya.
De mi propia medalla pasé a ser el reverso.

Si escribís un poema -me lo chantó de entrada-
hacelo bien difícil, que no se entienda nada.
Y eso ya no lo banco. Vuelvo al verso atorrante

que se escribe en el feca sobre una servilleta.
Las musas son beatrices, te laburan de Dante,
te calientan los versos y olvidás al poeta.

L. A.  20 / 1 / 1983

Ilustración de Roberto Mezzadra

"El adiós a la musa finoli" - Letra: Luis Alposta - Música: Juan Carlos "Tata" Cedrón
Canta el "Tata" Cedrón

              


jueves, 22 de octubre de 2015

ACERCA DE 10 TARTAMUDOS CÉLEBRES Y UN "TARTA"



“ Entonces dijo Moisés a Jehová: ¡Ay Señor! yo no soy hombre de palabras.... 
porque soy tardo en el habla y torpe de lengua”    
Exodo 4 ,10

DEMÓSTENES (384 a.C. - 322 a.C.)

El tartamudo emblemático ha resultado ser siempre Demóstenes, a quien la historia lo recuerda como el máximo orador de la Grecia Clásica. Pasó años buscando corregir tal trance, gritando frente al mar y poniéndose guijarros debajo de la lengua, hasta que logró hablar estupendamente.
Esquines (orador ateniense y su enemigo acérrimo), burlándose, se refería a él con el apodo despectivo de “Bátalo”, mote que significaba “martillador”.

CLAUDIO I (10 a. C. - 54 d. C)

Emperador romano de la dinastía Julio-Claudia. En su juventud permaneció apartado del poder por sus deficiencias físicas, cojera y tartamudez. Debido a su trastorno, su familia lo alejó del ojo público, pero eso no impidió que se convirtiera en el cuarto emperador de Roma. Era sobrino de Tiberio, sobrino segundo de Augusto y tío de Calígula, a quien sucedió en el año 41.

MIGUEL DE CERVANTES (1547 - 1616)

Los historiadores afirman que el autor de El Quijote tuvo problemas de dicción desde su niñez, y que nunca logró superarlos. El propio Cervantes lo reconoció en el prólogo de las Novelas ejemplares, donde escribió: "... que será forzoso valerme por mi pico que, aunque tartamudo, no lo será para decir verdades". Y también en la Epístola a Mateo Vázquez, en la que escribe: "...mi lengua balbuciente y casi muda pienso mover en la real presencia".

CHARLES DARWIN (1809 -1882)

El célebre naturalista inglés, padre de la teoría de la evolución, también se vio afectado por el problema de la tartamudez. Personas cercanas a Darwin han dado testimonio de sus dificultades para pronunciar determinadas palabras, como así también de que era un conversador ameno que hablaba siempre con lentitud y en voz baja.

LEWIS CARROLL (Reino Unido, 1832 - 1898)

Al igual que sus hermanos, Carroll tartamudeaba, pero esto no fue un impedimento para su desarrollo en sociedad. Viviendo en una época en que las habilidades artísticas propias eran la única forma de diversión, Carroll sabía como arreglárselas porque cantaba muy bien y no tenía miedo escénico. Su entusiasmo lo llevó a escribir un clásico infantil: "Alicia en el País de las Maravillas".


WINSTON CHURCHILL (1874 - 1965)

"Sangre, sudor y lágrimas". cuesta creer que el hombre que pronunció esas legendarias palabras y que está considerado como uno de los mejores oradores de Inglaterra, tuviera problemas de dicción. La que fue su secretaria personal, Phillys Moir, cuenta que Churchill convirtió su defecto en virtud y que en casi todos sus discursos se permitía tartamudear en algún momento, para transmitir su sentido del humor y ganarse la complicidad del auditorio.

JORGE VI DE INGLATERRA (1895 -1952)

Fue un joven tímido y acomplejado, con una tartamudez provocada por varios traumas de infancia. No estaba previsto que se convirtiera en rey, ya que el trono estaba destinado a su hermano mayor, Eduardo. Pero este abdicó para casarse con una norteamericana plebeya, Wallis Simpson. Incapaz de pronunciar discursos en público (particularmente curioso resulta el hecho de que no podía pronunciar la letra K por lo que le resultaba imposible referirse a si mismo como the king, el rey), Jorge superó sus problemas de pronunciación gracias a la terapia de un logopeda australiano y aspirante a actor llamado Lionel Logue.

MARILYN MONROE (1926 -1962)

Durante una entrevista en 1960, Marilyn Monroe recordó la primera vez que tartamudeó de niña, cuando vivía en un orfanato. Después, alrededor de los 13 años, su tartamudez regresó, y desde entonces le causó problemas cuando estaba nerviosa o estresada. Una vez, mientras grababa una película, no pudo evitar tartamudear, y el asistente de director le gritó, casi indignado: «¡Tú no tartamudeas!», a lo que Marilyn respondió: «¡Eso es lo que tú crees!». Pero en general, la tartamudez de la actriz no fue nunca evidente en el escenario o en la pantalla.

ANTHONY HOPKINS (Gales, 1937)

 “Era muy solitario. No por decisión propia, simplemente no sabía qué decirle a la gente. Era tímido. Solía balbucear y babear”, expresó Hopkins. Un solitario que hablaba con pronunciación entrecortada, y que para superar tal problema y vencer su timidez decidió incursionar en el teatro.
Cuando tenía 15 años, fue alentado a convertirse en actor, y hoy es reconocido mundialmente por su legendario papel del “Doctor Hannibal Lecter”, que le dio un Oscar en 1992.

BRUCE WILLIS (Alemania Occidental, 1955)

Luego de la separación de sus padres, ingresó a la escuela secundaria donde sus problemas con respecto a la fluidez del habla fueron más notorios. Sus compañeros lo molestaban con apodos haciendo referencia a su tartamudez. Cuando Bruce Willis se dio cuenta de que estando sobre un escenario le era más fácil expresarse, comenzó la que después sería una exitosa carrera actoral. 



 "EL TARTA" - tango - Letra: Emilio Fresedo - Música: José María Rizzuti 
Orquesta de Juan D'Arienzo - Canta: Alberto Echague

jueves, 15 de octubre de 2015

ACERCA DE UN POEMA DEDICADO A LA MADRE

      Roberto Peregrino Salcedo, el querido "negro" Roberto Peregrino Salcedo, el que le escribía los libretos a Minguito, el autor de Los Evangelios en Lunfardo, fue quien nos regaló este poema:

mi mamá me ama



El bacán sesentón piantó pal “shopping”
y compró pa´ su vieja un buen regalo.
Roberto Peregrino Salcedo
Lo garpó muy campante porque al toque,
firmó con su “Mont Blanc” un checonato.


Pensó un saludo pa´ fletar de raje
directo al corazón, el de su madre,
minga de “Fax”, “E-Mail”, o de “Internet”
sino por mano propia, vía sangre.


Esperaba el chamuyo de su cuore
pa´ su tarjeta personal, bacana.
El Rolex de oro le morfó las horas,
y el mensaje filial se le negaba.


Rechiflao por la espera dijo “planto”,
y compró: sacapuntas, blando lápiz,
y un cuadernito de colgar palotes,
cuadriculao, como en el tiempo de antes.

Con bastoncitos ensayó la “m”,
redondeles y ganchos pa´ la “a”
y así temblando iluminó llorando,
la frase más papusa: “mi mamá”.

Con escritura ingenua, la de antaño,
dio testimonio de su amor primero,
orando la plegaria candorosa
que encendía las hojas del cuaderno,

mi mamá me ama
mi mamá me ama
mi mamá me ama

Amuró el Faber, encendió un cigarro.
Peló su lapicera y satisfecho,
escribió con su letra ejecutiva:

Vieja, todo está igual,
no cambió nada:
Yo amo a mi mamá,
y mi mamá me ama.




jueves, 8 de octubre de 2015

CUANDO EL TANGO LLEGA A LOS RECETARIOS

              ”Con el Corazón en el Tango” -  Guía para prevenir enfermedades cardíacas bailando el tango – del Dr. Roberto M. Peidro, director del Centro de Vida de la Fundación Favaloro, y el Dr. Ricardo Comasco. Prólogo del Dr. Luis Alposta- Editorial Guadal. Buenos Aires, marzo de 2007. 

            PRÓLOGO:
                                   
             
Hechicero de Cro-Magnon
 con su atavío ceremonial
      Los efectos terapéuticos de la danza se remontan a los tiempos prehistóricos, cuando el hechicero de Cro-Magnon invocaba mágicos encantamientos y ejecutaba danzas rituales para ahuyentar a los espíritus del mal que se escondían en el cuerpo del enfermo.
          Miles de años después, antropólogos y fisiólogos desarrollaron más de una teoría en torno a sus orígenes. Teorías que atribuyen al sonido rítmico la puesta en marcha de un reflejo neuromuscular originado en el hipotálamo; o las que argumentan que la danza refleja el ritmo de los procesos biológicos, los latidos del corazón y la respiración.
          Sean cuales fueren los procesos fisiológicos, entre la mayoría de las sociedades primitivas la danza sirvió para expresar la unidad y fuerza de la tribu, así como para constituir un elemento poderoso en los rituales de magia, propiciación e invocación. Las danzas primitivas celebraban acontecimientos importantes, tales como el nacimiento, la pubertad, el cortejo, el casamiento, la enfermedad y la muerte. Tanto se ejecutaban danzas para sanar a los enfermos como para lograr la comunión con espíritus demoníacos o antepasados.
Pitágoras
            Entre los griegos, Pitágoras —llamado “padre de la terapia musical”— fue quien dedujo que la misma música que calmaba los ánimos de un solitario pastorcillo en una lejana isla, llegaba a los límites más extremos de las esferas celestiales. Platón fue quien recomendó que se buscara la salud del cuerpo y de la mente en la música y la gimnasia. 
           Pero ha sido Aristóteles quien atribuyó el efecto benéfico de la música a una “catarsis emocional”, sentando así las bases para la investigación moderna de los efectos que produce la música sobre los instintos y las emociones.
              Dado que el denominador común de toda vida es el movimiento —aun cuando descansamos el corazón sigue latiendo y los pulmones trabajando— la danza, lejos de estar contraindicada, bien puede llegar a actuar como coadyuvante en el tratamiento de determinadas patologías. La respuesta al sonido rítmico a través del movimiento del cuerpo es una característica básica que se encuentra en todos los hombres. 
             La música y la danza, si bien no constituyen per se medicamentos capaces de curar, cuando se combinan con la psicoterapia y otros métodos terapéuticos pueden llegar a representar valiosos agentes capaces de apoyar y acelerar el proceso de curación.
             Ambas, en general, pueden llegar a liberar al paciente de tensiones emocionales o mentales motivadas por preocupaciones o disgustos, teniendo en cuenta que, el mayor valor de la danza, en determinados casos, reside en su ilimitado potencial como agente “resocializador”.
           
             En la página 12 del diario “La Razón” del 13 de noviembre de 1913, se hace referencia a un curioso informe de la Academia de Medicina de Francia, que dice: «Desde el punto de vista de la educación física esta danza (el tango) tiene sobre todas las otras creadas desde veinte años a esta parte, la ventaja de hacer trabajar más el cuerpo y los brazos, forzando las flexiones y las extensiones alternativas de la musculatura de la región lateral del torso, las extensiones de los músculos de la región anterior del pecho con fuerte proyección de los hombros hacia atrás, las extensiones de los grupos lumbares y abdominales laterales...», etc. 
             El comentario concluía así: «De modo, pues, que en adelante, los médicos franceses prescribirán a los niños débiles para alternar con los baños de mar, tangos a toda hora.»

            Muy lejos están estas observaciones (y conclusiones) de las que publicara en un periódico parisino el escritor y periodista francés Maurice Dekobra (1885 – 1973), autor del libro “Mon cour au ralenti”, quien combatió al baile del tango diciendo que: «... arruga el cutis y envejece. La preocupación de dar un paso contrae las facciones; una arruga se forma en la frente, entre los ojos, y la “pata de gallo” se diseña en cada movimiento. El despecho, cuando no se ha avanzado el pie al compás, marca un pliegue de amargura en los costados de la boca, que no se borra muy fácilmente.» El cuello, según Dekobra, tampoco se libra de los “desastres” del tango: «... al dar vuelta la cabeza demasiado a menudo, el collar de Venus vuélvese un horrible surco.» (“La Razón", Buenos Aires, febrero de 1914)

          Creo conveniente recordar ahora que antes de captar pacientes, entre nosotros, el tango y su expresión bailable estrecharon vínculos con médicos y practicantes de medicina. Hablar de ello nos remite al tiempo de “Los bailes del Internado” , cuya historia resumo:
El 21 de septiembre de 1914, los estudiantes de medicina porteños, coincidiendo con la reciente reglamentación del Internado, institución equivalente a lo que fue después el practicantado y a lo que actualmente es la residencia hospitalaria, decidieron celebrar su día con un gran baile, el que estuvo animado por los quintetos de Roberto Firpo y de “Pirincho” Canaro. El primer escenario fue el Palais de Glace; los primeros tangos El Apronte y Matasano, este último dedicado a los internos del Hospital Durand.
Estos bailes se realizaron en forma ininterrumpida durante once años, inspirando cada uno de ellos tangos memorables: Clínicas, Rawson, Muñiz, El anatomista, El Internado, El galeno, El cirujano, Bicarbonato, Sal Inglesa, Amoníaco, Bicloruro, Sulfato de soda, Cloroformo, La muela careada, La fractura, Pulmonía doble y Cuidado con los rayos X, entre otros muchos títulos.
 El último de esos bailes, el undécimo, tuvo lugar en 1924. 
 Fue cuando Osvaldo Fresedo, en el Teatro Victoria, le dedicó a los estudiantes su tango El Once. 
Aquella fue una época en la que siempre se encontraban motivos para componer música, y la ciudad entera era canto. Una época que nos muestra lo frecuente que era entonces, entre los músicos, dedicar tangos a los médicos como testimonio de gratitud y amistad. Y no sólo a los doctores, sino también a todo lo relacionado con la profesión médica. ¡Si hasta El termómetro tuvo su tango!

 Por otra parte, el baile del tango ha demostrado, además, ser un buen aliado en la prevención de ciertas afecciones cardiovasculares. El corazón, que antes pertenecía al dominio exclusivo de los enamorados y poetas, ha pasado a ser preocupación de la mayor importancia científica en el campo de la medicina; el alfa y el omega de la vida, que comienza a latir cuando el embrión tiene sólo tres semanas y no cesa de pulsar hasta su muerte.

       ¡El corazón! El más cantado de los órganos del cuerpo humano.
       ¡El corazón! Cuyos vínculos con el espíritu persisten no solo en la literatura universal, sino también en las letras de muchos tangos. En las obras de Shakespeare existen infinidad de alusiones a este órgano; la palabra corazón figura en los títulos de 583 tangos (según me informa Omar Granelli).
      Y baste ahora con recordar solo tres: “Corazoncito”, “Corazón de papel” y “Corazón no le hagas caso”.

          Pero aquí se trata de “El tango y la salud del corazón”. Un libro que firman los doctores Roberto Peidro, Jefe de Prevención y Rehabilitación Cardiovascular de la Fundación Favaloro, y Ricardo Comasco. Un libro que tengo el gusto de prologar.

          Es éste un trabajo de investigación realizado con voluntarios sanos, todos ellos bailarines, que nos revela que bailar el tango ayuda a disminuir la presión arterial y a prevenir la aparición de enfermedades cardíacas. En él se determina, además, que “el consumo de oxígeno, la frecuencia cardíaca y la cantidad de aire movilizado por minuto durante el baile, con pequeñas variantes entre el tango y la milonga, se incrementaron sin llegar a superar el 75% de los valores obtenidos en el ejercicio máximo.” 
          En estas páginas se transcriben las conclusiones del trabajo realizado por la Dra. Patricia Mc Kinley, ya mencionado; se vuelcan las experiencias y “horas de milonga” de Héctor Mayoral y Elsa María Borquez y se incluye un plan de alimentación saludable desarrollado por nutricionistas de la Fundación Favaloro. 

          El tango-danza, como terapia, que ha demostrado actuar mejorando la tolerancia al ejercicio y la calidad de vida, ha llegado a los recetarios.

         Los que aun no se han enterado y lo siguen bailando con apasionamiento en los clubes de barrio y en las academias, nos recuerdan a un personaje de Moliere: están haciendo terapia, y en algunos casos, rehabilitación, sin saberlo.

Click:   http://www.congresotangoterapia.com/organizacion.html


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"Cantemos corazón" - tango - Letra: Reinaldo Yiso - Música: Enrique Alessio
Orq. de Argentino Galván - Canta: Jorge Casal

jueves, 1 de octubre de 2015

ACERCA DE “LA CABEZA DEL ITALIANO”

    

     El 21 de septiembre de 1914 fue el día en que los estudiantes de medicina porteños decidieron celebrar su primer baile.
         Recurrieron al tango. Al tango y a Canaro. El primer escenario fue el Palais de Glace.
         Francisco Canaro estrenó aquella noche su tango "Matasano", dedicado a los Internos del Hospital Durand.
         El mismo Canaro recordará años más tarde que fue precisamente en esos bailes donde empuñó por primera vez la batuta de director. Y en sus memorias, entre otras cosas, nos dice:
         “Hubo un caso patético que fue muy comentado y se hizo famoso: en un palo, con dos sábanas a modo de disfraz, pusieron ´la cabeza frapé del italiano´. Fue una broma demasiado macabra; las mujeres horrorizadas disparaban en todas direcciones muertas de miedo. Y así otras bromas por el estilo exhibiendo otros órganos del cuerpo humano que extraían de los laboratorios de estudio de los hospitales.”
         Y esta anécdota terminó originando un tango. Once años después, el actor Florencio Parravicini pondría en escena, en el Teatro Argentino, su obra “Cristóbal Colón en la Facultad de Medicina”, en la que Azucena Maizani estrena un tango con música de Antonio Scatasso y letra de Francisco Bastardi.
         El título original de ese tango, que había sido compuesto a pedido de Parra, era “La chica del estudiante”. El mismo Parravicini fue quien, después de escucharlo, decidió llamarlo “La cabeza del italiano”.
         Me contaba Bastardi, con sus floridos 89 años, lleno de una gran lucidez y una memoria envidiable, que aquel episodio debió molestarlo mucho al señor Folco Testena, director del Giornale d´Italia, quien creyó que lo de La cabeza del italiano era una alusión atrevida al Príncipe Humberto que acababa de visitarnos.

LA CABEZA DEL ITALIANO
                    (1924)

                        I
Muchachos a reír... Muchachos a gozar...
Que yo quiero cantar la dicha de vivir.
Aquí, junto a mi amor que yo venero
Me río del dolor, del mundo entero.
Así, juntito a mí, como lo manda Dios
Vos mi Rodolfo sos y yo soy tu Mimí,
Y mi alma juvenil que es toda tuya
Alegra tu bulín estudiantil.
                      
                       II
Acordate que vos, la mar de veces
Con un cacho de pan y diez de queso,
Tenías que estudiar y eran mis besos
Que hacían completar nuestro sostén.
Y acordate esa vez que me trajiste
Envuelta en un papel y muy ufano,
La cabeza frappé del italiano
Que un tiro se pegó en el almacén.

                     I (bis)
Muchachos a reír... Muchachos ...
.................................................... 
Letra : Francisco Antonio Bastardi
Música : Antonio Scatasso

Estrenado por Azucena Maizani en el sainete
“Cristóbal Colón en la Facultad de Medicina”, 
el 8 de mayo de 1924

                                Canta GARDEL

jueves, 24 de septiembre de 2015

YO MATÉ A XIUL LAZOPAT





   YO MATÉ A XIUL LAZOPAT 
 por Luis Alposta


I do not mind lying, but I hate inaccuracy.
 Samuel Butler



           

           

Enigma y lenguaje en claroscuro. Un lenguaje en el que aparecen elementos de una poesía extraña que, aunque a veces pueda parecernos hermética e impregnada de misterio, no por eso deja de conmovernos.

            Su autor alguna vez me dijo que creía, no sin dolor, que este mundo pertenece a los que gritan, a los farsantes, a los que corren y se encaraman. Entonces tuve la sensación de que Lazopat estaba viviendo un exilio voluntario en el territorio de la soledad, y que era, precisamente, en ese territorio donde escribía su poesía. Una poesía con una secreta luminosidad, que es a la vez un faro y un refugio de privilegio para esa inmensa fraternidad de los solitarios.

            Cuanto más trataba a Xiul Lazopat, más tenía la impresión de que en él lo abstracto se corporizaba al mismo tiempo que lo concreto se desvanecía.

            Siempre me pareció una especie de Hamlet debatiéndose entre el ser y el no ser, a tal punto, que su realidad muchas veces me ha llegado a parecer una ensoñación, como si toda su vida fuese una sucesión de postales, una realidad ambigua. Y la ambigüedad -que no es ajena a la poesía- en él se intensificaba tanto por momentos, que su persona misma llegó a ser para mí una verdadera incertidumbre.

            Cuando se lo dije, me respondió que lo único que se oponía a su realidad era lo ilusorio, dado que las imprecisiones no estaban en lo imaginario sino en la ilusión.

            La primera vez que lo vi fue en París, el día en que pronunciaba una conferencia sobre El simbolismo y los juegos, en la librería Balzac, a la que yo había concurrido invitado por mi amigo Tomás Barna.

            Mágicamente, nos reencontramos (o mejor dicho nos conocimos) dos años después, en Buenos Aires, más precisamente en Villa Urquiza, una lluviosa tarde en que fui llamado, como médico, para asistir a un paciente que resultó ser él. Imposible no reconocerlo.

            Del diagnóstico de neumonitis virósica y la correspondiente receta, pasamos, sin más trámite, a hablar de poesía en una charla que devino en hábito; hasta que, un día entre los días, decidió otro de sus sorpresivos viajes.

            De él conservo, además de un recuerdo imborrable, sólo dos cosas: los manuscritos de sus últimos poemas (muchos de ellos escritos en francés) y un retrato suyo, original, realizado por nuestra ‘nada común’ amiga Ana María Moncalvo.


              Mi admiración por su obra fue la que me llevó más tarde a traducir sus poemas, los que fueron publicados, por mi gestión y previa selección, en España, en 1982, en una limitada edición para bibliófilos.

            El libro recibió una mención especial, entre 327 participantes de todo el mundo de habla hispana, en el VI Concurso Literario “Gemma”, realizado en Aranguren (Vizcaya); y el 17 de noviembre de ese mismo año, la Comisión de Cultura del Club Francés de Buenos Aires invitaba a socios y amigos a la conferencia que, sobre el análisis de dicha poesía, pronunciamos Marcela Ciruzzi y yo. La lectura de los poemas estuvo a cargo de Lily Hartz.


            Cuando traduje sus poemas, comprendí que no se trataba de una empresa menor. Que no era una simple rutina.

            A semejanza de una delicada operación quirúrgica, comencé a traducirlo buscando desprender del lenguaje original cada una de sus ideas y, todavía palpitantes, transplantarlas al mío.

            Fue algo que realicé buscando la exactitud, y a tal punto, que he llegado a tener por momentos la ilusión de crear y la satisfacción de estar haciendo un buen uso del idioma.

            En su poesía, el ritmo y la eufonía (o las particularidades de ambos) eran tan importantes como el significado de las mismas palabras.

            Si para traducir los versos de Lazopat fue necesario que existiese cierta afinidad temperamental entre él y yo, creo que la hubo.

            Ponerme a escribir ahora sobre su vida es evocar hechos y circunstancias que me refirió puntualmente en muchas de las conversaciones que mantuvimos.

            Siento la necesidad de escamoteárselos al olvido.

            Nació en Bulgaria el 30 de junio de 1937, en Pokresville, un pueblo ubicado a orillas del Maritza, cerca de la frontera con Grecia, en la calle de los Plátanos.

            De su niñez conservaba nítidamente el recuerdo de sus paseos en compañía de su madre: la plaza y sus canteros bajo el manto oro de las hojas, un ágora que atraía candores, ternuras y melancolías; la seca fuente de los mahometanos; el paredón gris del viejo monasterio; los niños y sus estrepitosos juegos.

            Frente a aquella plaza se levantaba una casa de piedra con una pérgola central en el primer piso y un patio posterior que terminaba en una pequeña huerta. Era la de su familia.

            Los recuerdos de su primera infancia solían estar teñidos por las mismas sensaciones de terror y exaltación que le produjeron entonces un murciélago disecado (aquel que desde un vuelo estático parecía vigilar el viejo almacén de Orëvir) y los antiguos y descoloridos grabados que, desprolijamente, colgaban de las paredes del no menos desprolijo cuarto de su tío Julius, hermano menor de su madre.

            La imagen global de aquel pueblo se le desdibujaba ahora entre unas pocas calles arboladas, una pulcra estación de trenes y un mercado húmedo y sombrío.

            Allí nadie aguantaba la soledad y todo el mundo parecía darse cita a toda hora y en todo lugar.

            Los domingos y días festivos, a media mañana, los vecinos se reunían en la plaza llevando consigo samovares, pasteles y sandías, y sentados en rueda, bebían y comían sudorosos, hasta la noche. Entre penumbras aún creía ver desfilar a los soldados por una calle ancha, rodeados de niños y de muchachas con coloridas blusas.

            Una realidad ya tan lejana que se le confundía con un sueño.

            Tenía apenas tres años cuando su familia decidió trasladarse a la capital: avenida Amrêl, frente al Correo.

            Ahora su padre, Stojan Lazopat, era un flamante profesor de la Academia de Bellas Artes, que iniciaba sus clases sobre la influencia oriental y krotâvica en la primitiva pintura búlgara.

            La nueva vivienda se encontraba en el ala de la Academia destinada a los docentes. Daba a un patio y estaba un poco alejada del cuerpo principal. Ese antiguo edificio, que había sido una elegante mansión a fines del siglo XIX, gozaba de cierto prestigio adicional por haber logrado sobrevivir al incendio de 1916. Construido en 1875 por un banquero turco, sirvió luego de refugio a los soldados alemanes durante la Primera Guerra Mundial.

            La ventana del escritorio de su padre daba a una de las cuatro esquinas de la avenida Amrêl y remataba en un balcón con balaústres dispuestos en ondas. Desde allí, la avenida parecía huir en dirección al Maritza, como si fuese en busca de los rosales y de los girasoles del sur.

            Desde aquel balcón los habitantes de la casa habían presenciado, en 1908, los festejos de la coronación de Fernando, el príncipe alemán que asumía el título de zar de los búlgaros. Y en ese mismo balcón, ahora estaba el pequeño Xiul, aprendiendo de labios de su madre las kolede, cantos rituales navideños que ya no habría de olvidar jamás.

            En el patio, frente al busto de Aleknik y de algunas dependencias utilizadas como depósitos, se alzaba el domicilio de los Lazopat. Abajo, en el subsuelo, funcionaba el comedor de los estudiantes. El olor del giuvech siempre era una presencia en la escalera. La entrada a las habitaciones daba al segundo rellano y el portero de la escuela ocupaba las del piso inferior. El buen Nikolai estaba a cargo de la portería de la Academia desde hacía doce años, alternando insólitamente sus tareas domésticas con los pinceles. Durante aquel tiempo estaba considerado como el mejor restaurador de iconos del Museo Nacional de Sofía. Solía mantener largas conversaciones con Stojan, a quien atraía por sus conocimientos sobre historia del arte y por su desbordante simpatía. Muchos años después, estando Xiul Lazopat en París, conocería a un hijo suyo, por quien se enteraría de su muerte, ocurrida durante el derrumbe de la parte vieja de la escuela.

            Recordaba claramente la mañana en que su padre realizó un retrato a lápiz de Nikolai, estando éste paleta en mano, frente a un icono búlgaro de fines del siglo XVII. Su hijo aún lo conservaba y, al mostrárselo, la emoción que sintió fue indescriptible.

            Aquel verano, al regresar de las que serían sus últimas vacaciones a orillas del mar Negro, su padre tomó la decisión.

            El clima bélico que ya se respiraba en Europa fue lo que los llevó a emigrar.

            Un nuevo domicilio en un nuevo país: Lerma 660, en Buenos Aires.

            Había quedado atrás su primera infancia y, desde entonces, como si se tratase de otra vida, los recuerdos comenzarían a fijarse en su memoria sin tener que luchar ya con ella.

            El padre aprendió castellano rápidamente y sin mayores dificultades, como todos ellos. El destino, y también su talento, le abrieron las puertas de un popular diario de la época, donde, con un seudónimo que después llegaría a alcanzar cierto prestigio, se ganaba la vida como dibujante.

            Xiul cursó los estudios primarios en una escuela estatal, ubicada a cuatro cuadras de su casa.

            Entre los nombres que evocaba con gratitud figuraba el de su primera maestra, María Yole Fornoni, quien escribía cuentos para niños que más tarde solía leerles en clase. Ella le enseñó a leer y a escribir y con el tiempo fue su amiga. Murió en sus brazos poco antes de cumplir los noventa y dos años.

            Buenos Aires les había brindado, rápidamente, todas las posibilidades para que se sintiesen como en su propio hogar. Y así fue.

            La familia en pleno se “aporteñó” fácilmente, sin que por ello su madre dejase de preparar en los días de lluvia los sabrosos piruschky y la exquisita vánitza, infaltable en todos los cumpleaños. De sus comidas tradicionales, esta última fue la primera en adquirir carta de ciudadanía: le habían incorporado el dulce de leche.

            Su padre, artista y teórico de la pintura, escribía versos, y, según Xiul, lo hacía con cierto talento. Le gustaba la poesía y le transmitió a su hijo su amor por ella explicándole el significado de las metáforas y el valor de las imágenes. De los poetas clásicos solía leerle a Horacio, preferentemente su poema A Leuconoe; y de los franceses a Rimbaud. Todo aquello fue música para él y, desde entonces, con avidez, comenzó a leer poesía.

            Cursaba el primer año del secundario cuando entre los libros de su padre lo descubrió a Segröb. Leyó y releyó su poesía y por primera vez escribió un poema.

            -Mis versos -me dijo- fueron festejados por mis compañeros, por el doctor Arreis, el profesor de castellano y, por supuesto, también por mi padre. El resultado fue mi primer libro, que titulé “Los espejos”, un pecado venial de trescientos ejemplares del cual tal vez se me pueda absolver teniendo en cuenta que no conservo ninguno.

            Desde entonces comenzó a publicar con cierta periodicidad en distintas revistas literarias, muchas de las cuales fueron víctimas de la indiferencia y de un olvido a corto plazo.

            Así, hasta que ingresó en la Facultad, donde se graduó especializado en literatura francesa. Durante sus estudios recibió la “revelación” de la poesía surrealista y eso fue lo que más tarde decidió su viaje.


            Cuando llegó a París se instaló en casa de unos amigos de su tío Julius, quien hacía ya cinco años que vivía en esa ciudad. Ahora era un próspero librero, casado con una morena francesa que le había dado tres hijos; y la vida le sonreía en serio.

            Su librería era lugar de encuentro obligado para un grupo de artistas, y allí fue donde conoció a Jean-Pierre Duprey, poeta y pintor de veintinueve años que venía participando activamente en el movimiento surrealista desde hacía diez. En ese primer encuentro el poeta francés le habló de la revista Phase, en la que él colaboraba, y una afinidad de creencias guiando búsquedas comunes fue lo que inició la amistad. Una amistad que habría de durar muy poco. Duprey se suicidó la tarde del 2 de octubre de aquel año. Tres días antes le había leído su poema “La rosa de las cenizas”:


Una mano de rosas clavada sobre un objeto negro…
¿Qué queda? ¿Qué queda?
Del cielo sólo queda un gran tejido ajado de espectros
y los ojos sólo llenan las órbitas del vacío.


            El círculo fue creciendo. Duprey lo había conectado con otros poetas y escritores y fue Éduard Jaguer quien le presentó una tarde, en su casa, a André Breton:

            -La presentación no fue casual, Éduard, sin yo saberlo, le había leído algunos de mis poemas, sorprendiéndome más tarde el hecho de que Breton le pidiera conocerme.

            -Me encontré con un hombre que pasaba los sesenta años, erguido, de estatura mediana, que vestía pantalón y polera beiges y un impecable saco de gamuza. De mirada escudriñante, labios gruesos, sensuales, en cuyas comisuras un cierto rictus denunciaba un fuerte carácter. Tenía una hermosa cabeza de larga y tupida melena. El suyo era el perfil de un artista. Un artista que no había abandonado la costumbre de concretar proyectos, costumbre que seguía manteniendo con la misma pasión y vehemencia de la juventud.

            Aquella tarde, Breton le habló de su admiración por Jacques Vaché y de su amistad con Apollinaire durante los últimos meses de la Primera Guerra. También le habló de su idea sobre una nueva revista, La Brèche, la que apareció un año después dirigida personalmente por él, y de su proyecto sobre una Exposición Internacional del Surrealismo, el que llegó a concretar en noviembre de 1965 en la galería L’Oleil de París, un año antes de su muerte. Al despedirse, elogió particularmente su poema “Los abedules”, el que habría de publicar luego en su revista Le surréalisme même.

            No se volvieron a ver. Una flamante designación como traductor en la UNESCO lo alejaba ahora a Lazopat de París. Una ciudad en la que conoció a Jacques Prevért, trató a André Breton y entabló amistad para siempre con Jean-Pierre Duprey.

            La primavera comenzaba a asomar en los balcones y en los rostros. Aquéllos fueron los días belgas del poema diario escrito en una mesa del café Marisa, cuyo nombre le recordaba al río de su infancia. Ubicado a escasos treinta metros de su domicilio, aquel lugar no tardó en ser, para él, una especie de escritorio matinal con desayuno incluido. Allí compartió, más de una vez, el café con leche con César Tiempo y otros amigos, y fue allí donde conoció una mañana a Nikäoj Sabzemòg. Se hicieron amigos.

            -Era extremadamente delgado, de aspecto sombrío y de voz grave. Su delgadez, su rostro anguloso y su melena desgreñada, me trajeron inmediatamente el recuerdo de una vieja fotografía de Samuel Beckett. Aquel joven de veinticinco años dejaba entrever un implacable dominio de sí mismo y una insobornable bohemia.

            -Aún antes de haber leído sus versos intuí al poeta. ¡Y vaya si lo era! La suya era una poesía de mano maestra, altiva y demoníaca. Era una voz nueva y distinta. Sus poemas invitaban a la inmensidad, demoliendo y educando.

            -Escribía sus versos escalonando palabras como las cartas de un solitario y haciéndolo siempre con la sangre de su corazón.

            -De él aprendí, y para siempre, que ser poeta, más que responder a una vocación obedece a un destino.

            Nikaöj Sabzemòg le relató su vida como quien cuenta un cuento. De origen búlgaro, como él, había atravesado todos los océanos sobre el lomo de una ballena.

            Cierta vez, en que Lazopat le dijo que era una suerte poder escribir como él lo hacía, le contestó que la suerte era la voluntad de Dios y se encogió de hombros.

            Cuando concurría a la casa de Lazopat, no era extraño encontrarlo con el oído atento a Wagner, mientras respiraba su mescolanza diaria de humo de cigarro y espuma de cerveza.

            Una tarde me entregó una abultada carpeta que contenía muchos de sus poemas escritos en francés y me pidió que, si realmente me gustaban, los tradujese y le buscase editor. Volví a su casa una semana después y ya no lo encontré. Había cambiado de domicilio con la misma reserva que guardan los que cambian de barrio al morir.

            Hasta aquí el recuerdo de sus recuerdos y los míos. Han pasado ya muchos años. No he vuelto a saber nada de él, y sin embargo, cada vez que pienso en lo que significa ser poeta, no puedo dejar de recordarlo.

            Publiqué sus poemas (poemas que yo sólo traduje). En la tapa del libro mi firma y mi fotografía. De él, apenas su nombre en la dedicatoria.
            La decisión la tomé cuando recordé que el plagio sólo es válido si va seguido de asesinato; y el arma que elegí fue el anagrama.            




LA POESÍA DE XIUL LAZOPAT
  
            Xiul Lazopat, a quien bien puedo considerar mi “negativo”, mi “otro yo” a la hora de ponerse "él" a escribir, es alguien a quien puedo convocar frente a un espejo y verlo en el límite de lo borroso sin llegar a desestructurar su imagen.
         Su poesía es lógica y es no-racional, para no emplear el término equívoco de irracional.
         Confinado al espejo, Xiul Lazopat, que viene ser “el otro”, podrá parecer el poeta del apartamiento, de la soledad o el de la existencia incumplida, cuando, en realidad, es alguien que buceando en lo desconocido pretende vivir una nueva experiencia poética. Lo que “él” busca es el lenguaje de lo inexpresable y la única norma que acepta es la de la libertad total, la de una poesía sin cánones. 
         Y es en ese ir y venir de imágenes frente al espejo que, para “el otro”, que es el que escribe los poemas, el “Otro él” soy yo. Y como yo soy el que después los termina firmando y da la cara, tengo la sensación de que, en alguna medida, soy alguien que está consumando un plagio. 

                                                                                            Luis Alposta