Concurría a sus clases con una furia loca. Entró a darme manija… me dio vocabulario… y esta fue la consigna que repetía a diario: - A Celedonio Flores se mira y no se toca.
Buen empilche, buen lomo y un taller literario. (Que la mina es finoli desde lejos se embroca). Esos cinco minutos que uno tiene de otario: se me vino de river y me le fui de boca.
Tiró más que una yunta. Siempre pensando en ella me pasaba las horas laburando algún verso. Escabuyí los brolis firmados por Centeya. De mi propia medalla pasé a ser el reverso.
Si escribís un poema -me lo chantó de entrada- hacelo bien difícil, que no se entienda nada. Y eso ya no lo banco. Vuelvo al verso atorrante
que se escribe en el feca sobre una servilleta. Las musas son beatrices, te laburan de Dante, te calientan los versos y olvidás al poeta.
L. A. 20 / 1 / 1983
Ilustración de Roberto Mezzadra
"El adiós a la musa finoli" - Letra: Luis Alposta - Música: Juan Carlos "Tata" Cedrón
“
Entonces dijo Moisés a Jehová: ¡Ay Señor! yo no soy hombre
de palabras....
porque soy tardo en el habla y torpe de
lengua”
Exodo 4 ,10
DEMÓSTENES (384 a.C.
- 322 a.C.)
El tartamudo
emblemático ha resultado ser siempre Demóstenes, a quien la historia lo recuerda como el máximo orador de la Grecia Clásica. Pasó años buscando corregir tal trance,
gritando frente al mar y poniéndose guijarros debajo de la lengua,
hasta que logró hablar estupendamente.
Esquines
(orador ateniense y su enemigo acérrimo), burlándose, se refería a él con el
apodo despectivo de “Bátalo”, mote que significaba “martillador”.
CLAUDIO I (10 a.
C. - 54 d. C)
Emperador
romano de la dinastía Julio-Claudia. En su juventud permaneció apartado del
poder por sus deficiencias físicas, cojera y tartamudez. Debido a su trastorno,
su familia lo alejó del ojo público, pero eso no impidió que se convirtiera en
el cuarto emperador de Roma. Era sobrino de Tiberio, sobrino segundo de Augusto
y tío de Calígula, a quien sucedió en el año 41.
MIGUEL DE CERVANTES (1547 - 1616)
Los
historiadores afirman que el autor de El Quijote tuvo problemas de dicción
desde su niñez, y que nunca logró superarlos. El propio Cervantes lo reconoció
en el prólogo de las Novelas ejemplares, donde escribió: "... que será
forzoso valerme por mi pico que, aunque tartamudo, no lo será para decir
verdades". Y también en la Epístola a Mateo Vázquez, en la que escribe:
"...mi lengua balbuciente y casi muda pienso mover en la real
presencia".
CHARLES DARWIN (1809 -1882)
El célebre
naturalista inglés, padre de la teoría de la evolución, también se vio afectado
por el problema de la tartamudez. Personas cercanas a Darwin han dado
testimonio de sus dificultades para pronunciar determinadas palabras, como así
también de que era un conversador ameno que hablaba siempre con lentitud y en
voz baja.
LEWIS CARROLL (Reino Unido, 1832 - 1898)
Al igual
que sus hermanos, Carroll tartamudeaba, pero esto no fue un impedimento para su
desarrollo en sociedad. Viviendo en una época en que las habilidades artísticas
propias eran la única forma de diversión, Carroll sabía como arreglárselas
porque cantaba muy bien y no tenía miedo escénico. Su entusiasmo lo llevó a
escribir un clásico infantil: "Alicia en el País de las Maravillas".
WINSTON CHURCHILL (1874 - 1965)
"Sangre, sudor y lágrimas". cuesta creer que el hombre que pronunció esas legendarias
palabras y que está considerado como uno de los mejores oradores de Inglaterra,
tuviera problemas de dicción. La que fue su secretaria personal, Phillys Moir,
cuenta que Churchill convirtió su defecto en virtud y que en casi todos sus
discursos se permitía tartamudear en algún momento, para transmitir su sentido
del humor y ganarse la complicidad del auditorio.
JORGE VI
DE INGLATERRA (1895 -1952)
Fue un joven
tímido y acomplejado, con una tartamudez provocada por varios traumas de
infancia. No estaba previsto que se convirtiera en rey, ya que el trono estaba
destinado a su hermano mayor, Eduardo. Pero este abdicó para casarse con una norteamericana plebeya, Wallis Simpson. Incapaz de pronunciar discursos en público (particularmente curioso
resulta el hecho de que no podía pronunciar la letra K por lo que le resultaba
imposible referirse a si mismo como the
king, el rey), Jorge superó sus problemas de pronunciación gracias a la
terapia de un logopeda australiano y aspirante a actor llamado Lionel Logue.
MARILYN MONROE (1926 -1962)
Durante una entrevista en 1960, Marilyn Monroe recordó la primera vez que
tartamudeó de niña, cuando vivía en un orfanato. Después, alrededor de los 13
años, su tartamudez regresó, y desde entonces le causó problemas cuando estaba
nerviosa o estresada. Una vez, mientras grababa una película, no pudo evitar
tartamudear, y el asistente de director le gritó, casi indignado: «¡Tú no
tartamudeas!», a lo que Marilyn respondió: «¡Eso es lo que tú crees!». Pero en
general, la tartamudez de la actriz no fue nunca evidente en el escenario o en
la pantalla.
ANTHONY HOPKINS (Gales, 1937)
“Era muy solitario. No por decisión propia,
simplemente no sabía qué decirle a la gente. Era tímido. Solía balbucear y
babear”, expresó Hopkins. Un solitario que hablaba con pronunciación entrecortada, y que para superar tal problema y vencer su timidez decidió incursionar en el teatro.
Cuando
tenía 15 años, fue alentado a convertirse en actor, y hoy es reconocido
mundialmente por su legendario papel del “Doctor Hannibal Lecter”, que le dio
un Oscar en 1992.
BRUCE WILLIS (Alemania Occidental, 1955)
Luego de
la separación de sus padres, ingresó a la escuela secundaria donde sus
problemas con respecto a la fluidez del habla fueron más notorios. Sus compañeros lo
molestaban con apodos haciendo referencia a su tartamudez. Cuando Bruce Willis se
dio cuenta de que estando sobre un escenario le era más
fácil expresarse, comenzó la que después sería una exitosa carrera actoral.
"EL TARTA" - tango - Letra: Emilio Fresedo - Música: José María Rizzuti
Orquesta de Juan D'Arienzo - Canta: Alberto Echague
”Con el Corazón en el Tango” - Guía para prevenir enfermedades cardíacas bailando el tango – del Dr. Roberto M. Peidro, director del Centro de Vida de la Fundación Favaloro, y el Dr. Ricardo Comasco. Prólogo del Dr. Luis Alposta- Editorial Guadal. Buenos Aires, marzo de 2007.
PRÓLOGO:
Hechicero de Cro-Magnon con su atavío ceremonial
Los efectos terapéuticos de la danza se remontan a los tiempos
prehistóricos, cuando el hechicero de Cro-Magnon invocaba mágicos
encantamientos y ejecutaba danzas rituales para ahuyentar a los espíritus del
mal que se escondían en el cuerpo del enfermo.
Miles de años después,
antropólogos y fisiólogos desarrollaron más de una teoría en torno a sus
orígenes. Teorías que atribuyen al sonido rítmico la puesta en marcha de un
reflejo neuromuscular originado en el hipotálamo; o las que argumentan que la
danza refleja el ritmo de los procesos biológicos, los latidos del corazón y la
respiración.
Sean cuales fueren los
procesos fisiológicos, entre la mayoría de las sociedades primitivas la danza
sirvió para expresar la unidad y fuerza de la tribu, así como para constituir
un elemento poderoso en los rituales de magia, propiciación e invocación. Las
danzas primitivas celebraban acontecimientos importantes, tales como el
nacimiento, la pubertad, el cortejo, el casamiento, la enfermedad y la muerte.
Tanto se ejecutaban danzas para sanar a los enfermos como para lograr la
comunión con espíritus demoníacos o antepasados.
Pitágoras
Entre los griegos, Pitágoras —llamado “padre de la terapia
musical”— fue quien dedujo que la misma música que calmaba los ánimos de un
solitario pastorcillo en una lejana isla, llegaba a los límites más extremos de
las esferas celestiales. Platón fue quien recomendó que se buscara la salud del
cuerpo y de la mente en la música y la gimnasia.
Pero
ha sido Aristóteles quien atribuyó el efecto benéfico de la música a una
“catarsis emocional”, sentando así las bases para la investigación moderna de
los efectos que produce la música sobre los instintos y las emociones.
Dado que el denominador
común de toda vida es el movimiento —aun cuando descansamos el corazón sigue
latiendo y los pulmones trabajando— la danza, lejos de estar contraindicada,
bien puede llegar a actuar como coadyuvante en el tratamiento de determinadas
patologías. La respuesta al sonido rítmico a través del movimiento del cuerpo
es una característica básica que se encuentra en todos los hombres. La música y
la danza, si bien no constituyen persemedicamentos capaces de
curar, cuando se combinan con la psicoterapia y otros métodos terapéuticos
pueden llegar a representar valiosos agentes capaces de apoyar y acelerar el
proceso de curación.
Ambas, en general, pueden
llegar a liberar al paciente de tensiones emocionales o mentales motivadas por
preocupaciones o disgustos, teniendo en cuenta que, el mayor valor de la danza,
en determinados casos, reside en su ilimitado potencial como agente “resocializador”.
En la página 12 del diario
“La Razón” del 13 de noviembre de 1913, se hace referencia aun curioso informe dela
Academiade
Medicina de Francia, que dice: «Desde el punto de vista de la educación
física esta danza (el tango) tiene sobre todas las otras creadas desde veinte
años a esta parte, la ventaja de hacer trabajar más el cuerpo y los brazos,
forzando las flexiones y las extensiones alternativas de la musculatura de la
región lateral del torso, las extensiones de los músculos de la región anterior
del pecho con fuerte proyección de los hombros hacia atrás, las extensiones de
los grupos lumbares y abdominales laterales...», etc. El comentario concluía
así: «De modo, pues, que en adelante, los médicos franceses prescribirán a los
niños débiles para alternar con los baños de mar, tangos a toda hora.»
Muy lejos están estas observaciones (y conclusiones) de las que
publicara en un periódico parisino el escritor y periodista francés Maurice
Dekobra (1885 – 1973), autor del libro “Mon cour au ralenti”, quien combatió al
baile del tango diciendo que: «... arruga el cutis y envejece. La preocupación
de dar un paso contrae las facciones; una arruga se forma en la frente, entre
los ojos, y la “pata de gallo” se diseña en cada movimiento. El despecho,
cuando no se ha avanzado el pie al compás, marca un pliegue de amargura en los
costados de la boca, que no se borra muy fácilmente.» El cuello, según Dekobra,
tampoco se libra de los “desastres” del tango: «... al dar vuelta la cabeza
demasiado a menudo, el collar de Venus vuélvese un horrible surco.» (“La
Razón", Buenos Aires, febrero de 1914)
Creo conveniente recordar ahora
que antes de captar pacientes, entre nosotros, el tango y su expresión bailable
estrecharon vínculos con médicos y practicantes de medicina. Hablar de ello nos
remite al tiempo de “Los bailes del Internado” , cuya historia resumo:
El 21 de septiembre de 1914, los estudiantes
de medicina porteños, coincidiendo con la reciente reglamentación del Internado,
institución equivalente a lo que fue después el practicantado y a lo que
actualmente es la residencia hospitalaria, decidieron celebrar su día con
un gran baile, el que estuvo animado por los quintetos de Roberto Firpo y de “Pirincho”
Canaro. El primer escenario fue el Palais de Glace; los primeros tangos El Apronte
y Matasano, este último dedicado a los internos del Hospital Durand.
Estos bailes se realizaron en forma ininterrumpida
durante once años, inspirando cada uno de ellos tangos memorables: Clínicas,
Rawson, Muñiz, Elanatomista, El Internado, El galeno,
El cirujano, Bicarbonato, Sal Inglesa, Amoníaco, Bicloruro,
Sulfato de soda,Cloroformo, La muela careada, Lafractura,
Pulmonía doble y Cuidado con los rayos X, entre otros muchos títulos.
El último de esos bailes, el undécimo, tuvo
lugar en 1924.
Fue cuando Osvaldo Fresedo, en el Teatro
Victoria, le dedicó a los estudiantes su tango El Once.
Aquella fue una época en la que siempre se
encontraban motivos para componer música, y la ciudad entera era canto. Una época
que nos muestra lo frecuente que era entonces, entre los músicos, dedicar tangos
a los médicos como testimonio de gratitud y amistad. Y no sólo a los doctores, sino
también a todo lo relacionado con la profesión médica. ¡Si hasta El termómetro
tuvo su tango!
Por otra parte, el baile
del tango ha demostrado, además, ser un buen aliado en la prevención de ciertas
afecciones cardiovasculares. El corazón, que antes pertenecía al dominio
exclusivo de los enamorados y poetas, ha pasado a ser preocupación de la mayor
importancia científica en el campo de la medicina; el alfa y el omega de la
vida, que comienza a latir cuando el embrión tiene sólo tres semanas y no cesa
de pulsar hasta su muerte.
¡El corazón! El más cantado de los órganos del cuerpo humano.
¡El corazón! Cuyos vínculos
con el espíritu persisten no solo en la literatura universal, sino también en
las letras de muchos tangos. En las obras de Shakespeare existen infinidad de
alusiones a este órgano; la palabra corazón figura en los títulos
de 583 tangos (según me informa Omar Granelli).
Y baste ahora con recordar
solo tres: “Corazoncito”, “Corazón de papel” y “Corazón no le hagas caso”.
Pero aquí se trata de “El tango
y la salud del corazón”. Un libro que firman los doctores Roberto Peidro, Jefe de
Prevención y Rehabilitación Cardiovascular de la Fundación Favaloro, y Ricardo Comasco.
Un libro que tengo el honor de prologar.
Es éste un trabajo de investigación
realizado con voluntarios sanos, todos ellos bailarines, que nos revela que bailar
el tango ayuda a disminuir la presión arterial y a prevenir la aparición de enfermedades
cardíacas. En él se determina, además, que “el consumo de oxígeno, la frecuencia
cardíaca y la cantidad de aire movilizado por minuto durante el baile, con pequeñas
variantes entre el tango y la milonga, se incrementaron sin llegar a superar el
75% de los valores obtenidos en el ejercicio máximo.”
En estas páginas se transcriben
las conclusiones del trabajo realizado por la Dra. Patricia Mc Kinley, ya mencionado;
se vuelcan las experiencias y “horas de milonga” de Héctor Mayoral y Elsa María
Borquez y se incluye un plan de alimentación saludable desarrollado por nutricionistas
de la Fundación Favaloro.
El tango-danza, como
terapia, que ha demostrado actuar mejorando la tolerancia al ejercicio y la
calidad de vida, ha llegado a los recetarios.
Los que aun no se han
enterado y lo siguen bailando con apasionamiento en los clubes de barrio y en
las academias, nos recuerdan a un personaje de Moliere: están haciendo terapia,
y en algunos casos, rehabilitación, sin saberlo.
·"Los Bailes del Internado" de Luis Alposta. Colección La Historia del Tango, vol.8. Ed. Corregidor, Buenos Aires, 1977.
Traducido al japonés: revista La Música Iberoamericana, Tokio, 1974.
·Segunda
edición ampliada: “El
lunfardo y el tango en la medicina” (ensayo). Con prólogo del Dr. Luis F. Leloir. Ed Torres Agüero, Buenos
Aires, 1986.
·Tercera edición: Ed. Marcelo
Oliveri, Buenos Aires, 2012.
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El 21 de septiembre de 1914 fue
el día en que los estudiantes de medicina porteños decidieron celebrar su primer
baile.
Recurrieron al tango. Al tango y a Canaro. El primer escenario
fue el Palais de Glace.
Francisco Canaro estrenó aquella noche su tango "Matasano", dedicado
a los Internos del Hospital Durand.
El mismo Canaro recordará años más tarde que fue precisamente
en esos bailes donde empuñó por primera vez la batuta de director. Y en sus memorias,
entre otras cosas, nos dice:
“Hubo un caso patético que fue muy comentado y se hizo famoso:
en un palo, con dos sábanas a modo de disfraz, pusieron ´la cabeza frapé del italiano´.
Fue una broma demasiado macabra; las mujeres horrorizadas disparaban en todas direcciones
muertas de miedo. Y así otras bromas por el estilo exhibiendo otros órganos del
cuerpo humano que extraían de los laboratorios de estudio de los hospitales.”
Y esta anécdota terminó originando un tango. Once años después,
el actor Florencio Parravicini pondría en escena, en el Teatro Argentino, su obra “Cristóbal Colón en la Facultad de Medicina”,
en la que Azucena Maizani estrena un tango con música de Antonio Scatasso y letra
de Francisco Bastardi.
El título original de ese tango, que había sido compuesto a pedido
de Parra, era “La chica del estudiante”. El mismo Parravicini fue quien, después
de escucharlo, decidió llamarlo “La cabeza del italiano”.
Me contaba Bastardi, con sus floridos 89 años, lleno de una gran
lucidez y una memoria envidiable, que aquel episodio debió molestarlo mucho al señor
Folco Testena, director del Giornale d´Italia,
quien creyó que lo de La cabeza del italiano
era una alusión atrevida al Príncipe Humberto que acababa de visitarnos.