jueves, 28 de abril de 2011

ACERCA DE CÉSAR TIEMPO

Alguien ha dicho que no se van los que dejan su presencia en lo que aman. Y César Tiempo, que amaba lo que hacía, dejó la suya en el tono de muchas páginas impregnadas de una porteñidad esencial y no adjetiva. 
Alguna vez le oí decir:

No me importan los desaires 
con que me trate la suerte. 
 He nacido en Ekaterinoslav.
¡Argentino hasta la muerte!

¡Y lo fue! Este “hermano de raza y de mudanzas de Alberto Gerchunoff y de Jacobo Fijman”, tan ucraniano como Tatiana Pavlova y Berta Singerman, completó su metamorfosis porteña precozmente, cuando a los ocho años comenzó a trabajar en la imprenta de los hermanos Porter, sus tíos, y en el almacén de al lado lo conoció a Betinoti y a Enrique Banch.
Después, con los años, y no muchos, Israel Zeitlin, aquel joven alegre, en cuya cabeza bullían los versos de una mujer triste, pensando, seguramente, que eso era mucho menos nocivo que ser un joven triste que pierde la cabeza por una mujer alegre, se despidió de Clara Beter y pasó a ser César Tiempo para siempre.
Un Tiempo que, en 1930, con su Libro para la Pausa del Sábado, ganó el Primer Premio Municipal de Poesía y nos mostró el camino hacia el huerto imaginario de la descansada Vida, en el que, al menos por un día, se puede conversar mano a mano con el Hacedor. 
Desde entonces, su presencia no ha sido la de un poeta ornamental que se pavonea como un compadre en el pórtico de la Literatura. 
Con su humor, con su ironía sin maldad, con su ternura y su tristeza, ha sido siempre un hombre ajeno a las conveniencias inmediatas o de superficie.
Fue un auténtico poeta y punto.
Fue la suya un alma popular de las que transitan por su humano destino sin más bagajes que el talento y una máquina de escribir.
El sentido ampliamente humanista de sus poemas, nutridos de una vasta cultura, tenían resabios de una antiquísima tradición. Sin duda, los auténticos mayores de César Tiempo han sido los antiguos profetas de Israel, aquellos profetas de la legua que, como Elías, el irascible y tremendo vagabundo; Isaías, el omnividente o Jeremías y demás compañeros del éxodo y del llanto, nunca tuvieron que recurrir a más fogosidad que la del celo cardíaco que los alimentaba. 
Su poesía es la que parte de una realidad concreta: la de la injusticia y la de los hombres que padecen.
En 1937, cuando Aníbal Troilo debutaba con su orquesta en el Marabú, al día siguiente de haber pegado yo mi primer berrido, nuestro amigo festejaba el Premio Nacional de Teatro que acababa de recibir por su obra Pan Criollo
Otros días y otras voces. Se dio el lujo de estrenar con Camila Quiroga, Enrique Muiño, Elías Alippi, Luis Arata, Raúl Rossi, Luis Sandrini, Pierina Dealessi y otros grandes. 
En Los Catorce con el Tango formó dupla autoral con Enrique Delfino y nos dejó su tango “Como nadie”. 
Se la pudo piyar y no lo hizo. 
Alguna vez, cuando alguien confundió su nombre con el de su amigo César
Bruto, aclarando el error se limitó a decir: - La diferencia está en que el tiempo pasa y los brutos quedan.

"Autobiografía" - en la voz de César Tiempo
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