jueves, 29 de octubre de 2015

ACERCA DE DOS ADIOSES


SONETO DEL ADIOS
A LA MALA MUSA

Me embalurdaste el cuore y la fui de poeta,
deslizando en tu oreja algún verso discreto,
y hoy mostraste la hilacha al tirar la chancleta
por un gil de otro barrio que te escribió un soneto.

Las décimas aquellas, con sabor a milonga,
que rimaba al pelete para darte alegría,
las dejaste en el mionca que mandó Villalonga
cuando vino esa mano de la sonetería.

Y ahora, que ya al verso hasta lo escribo en morse,
es en la despedida que te sumo catorce
como los que una tarde te apiló ese tilingo.

¡Qué puerta que me abriste deschavando tu prosa!
Me acoyaré a otra musa, tan finoli y juiciosa,
¡que hasta me dará bola “La Nación” del domingo!

1981


SONETO DEL ADIOS
A LA MUSA FINOLI

Ilustración de Roberto Mezzadra
Buen empilche, buen lomo y un taller literario.
(Que la mina es finoli desde lejos se embroca).
Esos cinco minutos que uno tiene de otario:
se me vino de river y me le fui de boca.

Tiró más que una yunta. Siempre pensando en ella
me pasaba las horas laburando algún verso.
Escabuyí los brolis firmados por Centeya.
De mi propia medalla pasé a ser el reverso.

Si escribís un poema -me lo chantó de entrada-
hacelo bien difícil, que no se entienda nada.
Y eso ya no lo banco. Vuelvo al verso atorrante

que se escribe en el feca sobre una servilleta.
Las musas son beatrices, te laburan de Dante,
te calientan los versos y olvidás al poeta.

1983  
("Con un cacho de nada" - Ed. Corregidor)
              

jueves, 22 de octubre de 2015

ACERCA DE 10 TARTAMUDOS CÉLEBRES Y UN "TARTA"



“ Entonces dijo Moisés a Jehová: ¡Ay Señor! yo no soy hombre de palabras.... 
porque soy tardo en el habla y torpe de lengua”    
Exodo 4 ,10

DEMÓSTENES (384 a.C. - 322 a.C.)

El tartamudo emblemático ha resultado ser siempre Demóstenes, a quien la historia lo recuerda como el máximo orador de la Grecia Clásica. Pasó años buscando corregir tal trance, gritando frente al mar y poniéndose guijarros debajo de la lengua, hasta que logró hablar estupendamente.
Esquines (orador ateniense y su enemigo acérrimo), burlándose, se refería a él con el apodo despectivo de “Bátalo”, mote que significaba “martillador”.

CLAUDIO I (10 a. C. - 54 d. C)

Emperador romano de la dinastía Julio-Claudia. En su juventud permaneció apartado del poder por sus deficiencias físicas, cojera y tartamudez. Debido a su trastorno, su familia lo alejó del ojo público, pero eso no impidió que se convirtiera en el cuarto emperador de Roma. Era sobrino de Tiberio, sobrino segundo de Augusto y tío de Calígula, a quien sucedió en el año 41.

MIGUEL DE CERVANTES (1547 - 1616)

Los historiadores afirman que el autor de El Quijote tuvo problemas de dicción desde su niñez, y que nunca logró superarlos. El propio Cervantes lo reconoció en el prólogo de las Novelas ejemplares, donde escribió: "... que será forzoso valerme por mi pico que, aunque tartamudo, no lo será para decir verdades". Y también en la Epístola a Mateo Vázquez, en la que escribe: "...mi lengua balbuciente y casi muda pienso mover en la real presencia".

CHARLES DARWIN (1809 -1882)

El célebre naturalista inglés, padre de la teoría de la evolución, también se vio afectado por el problema de la tartamudez. Personas cercanas a Darwin han dado testimonio de sus dificultades para pronunciar determinadas palabras, como así también de que era un conversador ameno que hablaba siempre con lentitud y en voz baja.

LEWIS CARROLL (Reino Unido, 1832 - 1898)

Al igual que sus hermanos, Carroll tartamudeaba, pero esto no fue un impedimento para su desarrollo en sociedad. Viviendo en una época en que las habilidades artísticas propias eran la única forma de diversión, Carroll sabía como arreglárselas porque cantaba muy bien y no tenía miedo escénico. Su entusiasmo lo llevó a escribir un clásico infantil: "Alicia en el País de las Maravillas".


WINSTON CHURCHILL (1874 - 1965)

"Sangre, sudor y lágrimas". cuesta creer que el hombre que pronunció esas legendarias palabras y que está considerado como uno de los mejores oradores de Inglaterra, tuviera problemas de dicción. La que fue su secretaria personal, Phillys Moir, cuenta que Churchill convirtió su defecto en virtud y que en casi todos sus discursos se permitía tartamudear en algún momento, para transmitir su sentido del humor y ganarse la complicidad del auditorio.

JORGE VI DE INGLATERRA (1895 -1952)

Fue un joven tímido y acomplejado, con una tartamudez provocada por varios traumas de infancia. No estaba previsto que se convirtiera en rey, ya que el trono estaba destinado a su hermano mayor, Eduardo. Pero este abdicó para casarse con una norteamericana plebeya, Wallis Simpson. Incapaz de pronunciar discursos en público (particularmente curioso resulta el hecho de que no podía pronunciar la letra K por lo que le resultaba imposible referirse a si mismo como the king, el rey), Jorge superó sus problemas de pronunciación gracias a la terapia de un logopeda australiano y aspirante a actor llamado Lionel Logue.

MARILYN MONROE (1926 -1962)

Durante una entrevista en 1960, Marilyn Monroe recordó la primera vez que tartamudeó de niña, cuando vivía en un orfanato. Después, alrededor de los 13 años, su tartamudez regresó, y desde entonces le causó problemas cuando estaba nerviosa o estresada. Una vez, mientras grababa una película, no pudo evitar tartamudear, y el asistente de director le gritó, casi indignado: «¡Tú no tartamudeas!», a lo que Marilyn respondió: «¡Eso es lo que tú crees!». Pero en general, la tartamudez de la actriz no fue nunca evidente en el escenario o en la pantalla.

ANTHONY HOPKINS (Gales, 1937)

 “Era muy solitario. No por decisión propia, simplemente no sabía qué decirle a la gente. Era tímido. Solía balbucear y babear”, expresó Hopkins. Un solitario que hablaba con pronunciación entrecortada, y que para superar tal problema y vencer su timidez decidió incursionar en el teatro.
Cuando tenía 15 años, fue alentado a convertirse en actor, y hoy es reconocido mundialmente por su legendario papel del “Doctor Hannibal Lecter”, que le dio un Oscar en 1992.

BRUCE WILLIS (Alemania Occidental, 1955)

Luego de la separación de sus padres, ingresó a la escuela secundaria donde sus problemas con respecto a la fluidez del habla fueron más notorios. Sus compañeros lo molestaban con apodos haciendo referencia a su tartamudez. Cuando Bruce Willis se dio cuenta de que estando sobre un escenario le era más fácil expresarse, comenzó la que después sería una exitosa carrera actoral. 



 "EL TARTA" - tango - Letra: Emilio Fresedo - Música: José María Rizzuti 
Orquesta de Juan D'Arienzo - Canta: Alberto Echague

jueves, 15 de octubre de 2015

ACERCA DE UN POEMA DEDICADO A LA MADRE

      Roberto Peregrino Salcedo, el querido "negro" Roberto Peregrino Salcedo, el que le escribía los libretos a Minguito, el autor de Los Evangelios en Lunfardo, fue quien nos regaló este poema:

mi mamá me ama



El bacán sesentón piantó pal “shopping”
y compró pa´ su vieja un buen regalo.
Roberto Peregrino Salcedo
Lo garpó muy campante porque al toque,
firmó con su “Mont Blanc” un checonato.


Pensó un saludo pa´ fletar de raje
directo al corazón, el de su madre,
minga de “Fax”, “E-Mail”, o de “Internet”
sino por mano propia, vía sangre.


Esperaba el chamuyo de su cuore
pa´ su tarjeta personal, bacana.
El Rolex de oro le morfó las horas,
y el mensaje filial se le negaba.


Rechiflao por la espera dijo “planto”,
y compró: sacapuntas, blando lápiz,
y un cuadernito de colgar palotes,
cuadriculao, como en el tiempo de antes.

Con bastoncitos ensayó la “m”,
redondeles y ganchos pa´ la “a”
y así temblando iluminó llorando,
la frase más papusa: “mi mamá”.

Con escritura ingenua, la de antaño,
dio testimonio de su amor primero,
orando la plegaria candorosa
que encendía las hojas del cuaderno,

mi mamá me ama
mi mamá me ama
mi mamá me ama

Amuró el Faber, encendió un cigarro.
Peló su lapicera y satisfecho,
escribió con su letra ejecutiva:

Vieja, todo está igual,
no cambió nada:
Yo amo a mi mamá,
y mi mamá me ama.




jueves, 8 de octubre de 2015

CUANDO EL TANGO LLEGA A LOS RECETARIOS

                                       
Hechicero de Cro-Magnon
 con su atavío ceremonial
      Los efectos terapéuticos de la danza se remontan a los tiempos prehistóricos, cuando el hechicero de Cro-Magnon invocaba mágicos encantamientos y ejecutaba danzas rituales para ahuyentar a los espíritus del mal que se escondían en el cuerpo del enfermo.
          Miles de años después, antropólogos y fisiólogos desarrollaron más de una teoría en torno a sus orígenes. Teorías que atribuyen al sonido rítmico la puesta en marcha de un reflejo neuromuscular originado en el hipotálamo; o las que argumentan que la danza refleja el ritmo de los procesos biológicos, los latidos del corazón y la respiración.
          Sean cuales fueren los procesos fisiológicos, entre la mayoría de las sociedades primitivas la danza sirvió para expresar la unidad y fuerza de la tribu, así como para constituir un elemento poderoso en los rituales de magia, propiciación e invocación. Las danzas primitivas celebraban acontecimientos importantes, tales como el nacimiento, la pubertad, el cortejo, el casamiento, la enfermedad y la muerte. Tanto se ejecutaban danzas para sanar a los enfermos como para lograr la comunión con espíritus demoníacos o antepasados.
Pitágoras
            Entre los griegos, Pitágoras —llamado “padre de la terapia musical”— fue quien dedujo que la misma música que calmaba los ánimos de un solitario pastorcillo en una lejana isla, llegaba a los límites más extremos de las esferas celestiales. Platón fue quien recomendó que se buscara la salud del cuerpo y de la mente en la música y la gimnasia. 
           Pero ha sido Aristóteles quien atribuyó el efecto benéfico de la música a una “catarsis emocional”, sentando así las bases para la investigación moderna de los efectos que produce la música sobre los instintos y las emociones.
              Dado que el denominador común de toda vida es el movimiento —aun cuando descansamos el corazón sigue latiendo y los pulmones trabajando— la danza, lejos de estar contraindicada, bien puede llegar a actuar como coadyuvante en el tratamiento de determinadas patologías. La respuesta al sonido rítmico a través del movimiento del cuerpo es una característica básica que se encuentra en todos los hombres. 
             La música y la danza, si bien no constituyen per se medicamentos capaces de curar, cuando se combinan con la psicoterapia y otros métodos terapéuticos pueden llegar a representar valiosos agentes capaces de apoyar y acelerar el proceso de curación.
             Ambas, en general, pueden llegar a liberar al paciente de tensiones emocionales o mentales motivadas por preocupaciones o disgustos, teniendo en cuenta que, el mayor valor de la danza, en determinados casos, reside en su ilimitado potencial como agente “resocializador”.
           
             En la página 12 del diario “La Razón” del 13 de noviembre de 1913, se hace referencia a un curioso informe de la Academia de Medicina de Francia, que dice: «Desde el punto de vista de la educación física esta danza (el tango) tiene sobre todas las otras creadas desde veinte años a esta parte, la ventaja de hacer trabajar más el cuerpo y los brazos, forzando las flexiones y las extensiones alternativas de la musculatura de la región lateral del torso, las extensiones de los músculos de la región anterior del pecho con fuerte proyección de los hombros hacia atrás, las extensiones de los grupos lumbares y abdominales laterales...», etc. 
             El comentario concluía así: «De modo, pues, que en adelante, los médicos franceses prescribirán a los niños débiles para alternar con los baños de mar, tangos a toda hora.»

            Muy lejos están estas observaciones (y conclusiones) de las que publicara en un periódico parisino el escritor y periodista francés Maurice Dekobra (1885 – 1973), autor del libro “Mon cour au ralenti”, quien combatió al baile del tango diciendo que: «... arruga el cutis y envejece. La preocupación de dar un paso contrae las facciones; una arruga se forma en la frente, entre los ojos, y la “pata de gallo” se diseña en cada movimiento. El despecho, cuando no se ha avanzado el pie al compás, marca un pliegue de amargura en los costados de la boca, que no se borra muy fácilmente.» El cuello, según Dekobra, tampoco se libra de los “desastres” del tango: «... al dar vuelta la cabeza demasiado a menudo, el collar de Venus vuélvese un horrible surco.» (“La Razón", Buenos Aires, febrero de 1914)

          Creo conveniente recordar ahora que antes de captar pacientes, entre nosotros, el tango y su expresión bailable estrecharon vínculos con médicos y practicantes de medicina. Hablar de ello nos remite al tiempo de “Los bailes del Internado” , cuya historia resumo:
El 21 de septiembre de 1914, los estudiantes de medicina porteños, coincidiendo con la reciente reglamentación del Internado, institución equivalente a lo que fue después el practicantado y a lo que actualmente es la residencia hospitalaria, decidieron celebrar su día con un gran baile, el que estuvo animado por los quintetos de Roberto Firpo y de “Pirincho” Canaro. El primer escenario fue el Palais de Glace; los primeros tangos El Apronte y Matasano, este último dedicado a los internos del Hospital Durand.
Estos bailes se realizaron en forma ininterrumpida durante once años, inspirando cada uno de ellos tangos memorables: Clínicas, Rawson, Muñiz, El anatomista, El Internado, El galeno, El cirujano, Bicarbonato, Sal Inglesa, Amoníaco, Bicloruro, Sulfato de soda, Cloroformo, La muela careada, La fractura, Pulmonía doble y Cuidado con los rayos X, entre otros muchos títulos.
 El último de esos bailes, el undécimo, tuvo lugar en 1924. 
 Fue cuando Osvaldo Fresedo, en el Teatro Victoria, le dedicó a los estudiantes su tango El Once. 
Aquella fue una época en la que siempre se encontraban motivos para componer música, y la ciudad entera era canto. Una época que nos muestra lo frecuente que era entonces, entre los músicos, dedicar tangos a los médicos como testimonio de gratitud y amistad. Y no sólo a los doctores, sino también a todo lo relacionado con la profesión médica. ¡Si hasta El termómetro tuvo su tango!

 Por otra parte, el baile del tango ha demostrado, además, ser un buen aliado en la prevención de ciertas afecciones cardiovasculares. El corazón, que antes pertenecía al dominio exclusivo de los enamorados y poetas, ha pasado a ser preocupación de la mayor importancia científica en el campo de la medicina; el alfa y el omega de la vida, que comienza a latir cuando el embrión tiene sólo tres semanas y no cesa de pulsar hasta su muerte.

       ¡El corazón! El más cantado de los órganos del cuerpo humano.
       ¡El corazón! Cuyos vínculos con el espíritu persisten no solo en la literatura universal, sino también en las letras de muchos tangos. En las obras de Shakespeare existen infinidad de alusiones a este órgano; la palabra corazón figura en los títulos de 583 tangos (según me informa Omar Granelli).
      Y baste ahora con recordar solo tres: “Corazoncito”, “Corazón de papel” y “Corazón no le hagas caso”.

          Pero aquí se trata de “El tango y la salud del corazón”. Un libro que firman los doctores Roberto Peidro, Jefe de Prevención y Rehabilitación Cardiovascular de la Fundación Favaloro, y Ricardo Comasco. Un libro que tengo el gusto de prologar.

          Es éste un trabajo de investigación realizado con voluntarios sanos, todos ellos bailarines, que nos revela que bailar el tango ayuda a disminuir la presión arterial y a prevenir la aparición de enfermedades cardíacas. En él se determina, además, que “el consumo de oxígeno, la frecuencia cardíaca y la cantidad de aire movilizado por minuto durante el baile, con pequeñas variantes entre el tango y la milonga, se incrementaron sin llegar a superar el 75% de los valores obtenidos en el ejercicio máximo.” 
          En estas páginas se transcriben las conclusiones del trabajo realizado por la Dra. Patricia Mc Kinley, ya mencionado; se vuelcan las experiencias y “horas de milonga” de Héctor Mayoral y Elsa María Borquez y se incluye un plan de alimentación saludable desarrollado por nutricionistas de la Fundación Favaloro. 

          El tango-danza, como terapia, que ha demostrado actuar mejorando la tolerancia al ejercicio y la calidad de vida, ha llegado a los recetarios.

         Los que aun no se han enterado y lo siguen bailando con apasionamiento en los clubes de barrio y en las academias, nos recuerdan a un personaje de Moliere: están haciendo terapia, y en algunos casos, rehabilitación, sin saberlo.


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         Prólogo que tuve el honor de escribir  para el libro ”Con el Corazón en el Tango” Guía para prevenir enfermedades cardíacas bailando el tango – del Dr. Roberto M. Peidro, director del Centro de Vida de la Fundación Favaloro, y el Dr. Ricardo Comasco. - Editorial Guadal. Buenos Aires, marzo de 2007.


"Cantemos corazón" - tango - Letra: Reinaldo Yiso - Música: Enrique Alessio
Orq. de Argentino Galván - Canta: Jorge Casal

jueves, 1 de octubre de 2015

ACERCA DE “LA CABEZA DEL ITALIANO”

    

     El 21 de septiembre de 1914 fue el día en que los estudiantes de medicina porteños decidieron celebrar su primer baile.
         Recurrieron al tango. Al tango y a Canaro. El primer escenario fue el Palais de Glace.
         Francisco Canaro estrenó aquella noche su tango "Matasano", dedicado a los Internos del Hospital Durand.
         El mismo Canaro recordará años más tarde que fue precisamente en esos bailes donde empuñó por primera vez la batuta de director. Y en sus memorias, entre otras cosas, nos dice:
         “Hubo un caso patético que fue muy comentado y se hizo famoso: en un palo, con dos sábanas a modo de disfraz, pusieron ´la cabeza frapé del italiano´. Fue una broma demasiado macabra; las mujeres horrorizadas disparaban en todas direcciones muertas de miedo. Y así otras bromas por el estilo exhibiendo otros órganos del cuerpo humano que extraían de los laboratorios de estudio de los hospitales.”
         Y esta anécdota terminó originando un tango. Once años después, el actor Florencio Parravicini pondría en escena, en el Teatro Argentino, su obra “Cristóbal Colón en la Facultad de Medicina”, en la que Azucena Maizani estrena un tango con música de Antonio Scatasso y letra de Francisco Bastardi.
         El título original de ese tango, que había sido compuesto a pedido de Parra, era “La chica del estudiante”. El mismo Parravicini fue quien, después de escucharlo, decidió llamarlo “La cabeza del italiano”.
         Me contaba Bastardi, con sus floridos 89 años, lleno de una gran lucidez y una memoria envidiable, que aquel episodio debió molestarlo mucho al señor Folco Testena, director del Giornale d´Italia, quien creyó que lo de La cabeza del italiano era una alusión atrevida al Príncipe Humberto que acababa de visitarnos.

LA CABEZA DEL ITALIANO
                    (1924)

                        I
Muchachos a reír... Muchachos a gozar...
Que yo quiero cantar la dicha de vivir.
Aquí, junto a mi amor que yo venero
Me río del dolor, del mundo entero.
Así, juntito a mí, como lo manda Dios
Vos mi Rodolfo sos y yo soy tu Mimí,
Y mi alma juvenil que es toda tuya
Alegra tu bulín estudiantil.
                      
                       II
Acordate que vos, la mar de veces
Con un cacho de pan y diez de queso,
Tenías que estudiar y eran mis besos
Que hacían completar nuestro sostén.
Y acordate esa vez que me trajiste
Envuelta en un papel y muy ufano,
La cabeza frappé del italiano
Que un tiro se pegó en el almacén.

                     I (bis)
Muchachos a reír... Muchachos ...
.................................................... 
Letra : Francisco Antonio Bastardi
Música : Antonio Scatasso

Estrenado por Azucena Maizani en el sainete
“Cristóbal Colón en la Facultad de Medicina”, 
el 8 de mayo de 1924

                                Canta GARDEL