miércoles, 16 de noviembre de 2005

ACERCA DE ENRIQUE HORACIO PUCCIA

(Bs. As. 14 de noviembre de 1910 - 26 de septiembre de 1995)


Matasello emitido por Correo Argentino
Dibujo de Luis Alposta (h)

La expresión “maestro”, tan difundida, sólo recupera su verdadero significado, el cabal contenido de idealismo y de conducta que la hicieron respetable y respetada, de aplicarse a personalidades como la de Enrique Horacio Puccia, quien enseñaba por lo que hacía, por lo que decía y por lo que inspiraba.
Su obra ha sido la de un historiador enamorado de su barrio, Barracas, y de la ciudad toda. Sus libros, de consulta obligatoria, son de apasionante interés para todos los que busquen ahondar en la historia de Buenos Aires.
La Historia cotidiana, doméstica -o como quiera llamársela- en él dejaba de ser una simple disciplina de inventario para convertirse en el “camino diario” hacia un palpitante ayer histórico. La suya ha sido siempre la postura de un iniciado que supo arrancarle al tiempo profundos secretos. Fue un historiador nato que ha sabido reforzar su don de observación de las costumbres y tradiciones porteñas mediante el estudio y la investigación seria.
De lo mucho y bueno que le debemos, acaso lo más importante sea que, junto a Ricardo M. Llanes y a Antonio J. Bucich, haya logrado hacer de la llamada “historia menuda” una importante herramienta sociológica.
          Su prestigio lo llevó a presidir la Junta Central de Estudios Históricos de la Ciudad de Buenos Aires, entre 1980 y 1995, institución de la que fue uno de sus miembros fundadores.
La obra de Puccia nos permite conocer a la ciudad toda, desde su trama más íntima y reveladora, transportándonos al tiempo de Villoldo, hablándonos de "Barracas en la historia y en la tradición" y de una Buenos Aires a la que amó entrañablemente.
Por eso el Día del Historiador Porteño (14 de noviembre) fue instituído en homenaje a él.
Además de sus méritos intelectuales, Enrique tenía otros títulos más íntimos a nuestra consideración y a nuestro afecto. Su sentido de la amistad, su trato amable y cordial, nos lo hacían particularmente dilecto.
Su presencia deparaba siempre las más gratas sorpresas. Se le veía llegar con el rostro sonriente y de inmediato nos atrapaba con su conversación, en la que no faltaba la anécdota sabrosa, la referencia erudita, la evocación de un tiempo en la que la ciudad toda era canto.
Así lo recuerdo.


Fue el 31 de agosto de 1982. Acababa de finalizar el Segundo Congreso de Historia de los Barrios Porteños y los Amigos del Café Tortoni decidieron homenajear a Enrique Horacio Puccia, presidente entonces de la Junta Central y del mencionado Congreso, entregándole la “Orden del Pocillo”:


A ENRIQUE HORACIO PUCCIA

Camina
como quien lleva en los bolsillos
el rumor de viejas esquinas
y un destello de futuro.

Su nombre abre puertas que no se ven:
archivos que respiran,
calles que vuelven a contarse,
vidas que encuentran su hilo
en la paciente trama de la memoria.

Hay en él
una vocación de lámpara:
ilumina sin ruido,
acompaña sin imponer sombra,
y quita el polvo caído
para que otros puedan ver.

Y así sigue,
entre papeles, barrio y voces,
como un tejedor de instantes
que sabe que cada historia,
por mínima que sea,
merece su lugar en el tiempo.

Luis Alposta

Matrimonios Puccia, Besada y Alposta 
Sábado 14 / VI / 1986 - En viaje "especial" en "subterráneo" * de Almagro al Puerto.
  

HISTORIA DEL TUNEL:

El túnel de vía única, por donde circula esta línea, comenzó a construirse en 1912 y fue inaugurado en 1916 como ramal de 5 Km de extensión entre las estaciones Once y Madero. Corría a 28 mts. de profundidad, por debajo de la línea de subterráneos de la actual línea A; trazado que hoy se utiliza. Era un tren de vapor destinado al transporte de cargas de mercaderías portuarias.. Sólo entre 1949 y 1950 funcionó allí un tren para pasajeros que tuvo que ser clausurado porque el humo de las máquinas ponía al borde de la asfixia a los que se ocupaban del mantenimiento de las vías.


"El cuarteador" - tango - Letra: Enrique Cadícamo - Música: Rosendo Luna (seudónimo de E. Cadícamo) - Canta: Ángel Vargas - Orquesta: Ángel D'Agostino

viernes, 14 de enero de 2005

JOSÉ BARCIA EN MIS RECUERDOS

(De izq. a derecha) - Parados: José Barcia, Luis Alposta y César Tiempo
Sentados: José Gobello, Jacobo De Diego, Juan Valmaggia, Ricardo M. Llanes
y el Dr. Ernesto Malbec.
Fue en el Restaurant del Hotel Español, el dia 8 de abril de 1972, cuando celebramos sus cuarenta años en el periodismo.

      A fines de 1962, en un día en que nos estábamos despidiendo del tranvía, unos hombres amantes del estudio de las voces y expresiones populares, resolvieron seguir siéndolo, pero de un modo más enfático y aplicado: fundaron la Academia Porteña del Lunfardo. Y fue en ella donde lo conocí a José Barcia.

         En el primer acto público, realizado en el Círculo de la Prensa, entonces su sede, Arturo López Peña pronunció una conferencia sobre la vida y la obra de Evaristo Carriego.

         Recuerdo haber sido uno de los primeros en llegar y que el primero en saludarme fue, precisamente, José Barcia, presidente de la flamante institución. Institución que supo reconocer en él, desde el vamos, una larga y tesonera labor de cultura, no sólo como periodista, editorialista del diario  La Nación, sino también como un ‘erudito en Buenos Aires’. Tenía entonces sobrados títulos para ocupar en ella un sillón y llegar a presidirla durante dieciocho años.

         Y aquella tarde –puedo decirlo, porque así fue-   del “mucho gusto” pasamos gradualmente a la amistad. Una amistad que fue creciendo en el tiempo y que se prolongó hasta el día de su muerte, o -para decirlo como a él le hubiese gustado- se prolongó hasta el día en que ‘dobló la servilleta’.

         Desde el inicial apretón de manos, hasta las palabras que fluían suavemente en la espontaneidad del diálogo, lo primero que uno advertía era su cordialidad y su modestia.

         La modestia de Barcia era Barcia mismo en cuerpo y alma, porque era en él emanación del espíritu y no sólo expresión de su fisonomía.

         Entiendo que no estaría completa esta semblanza si no dijese que poseía, además, el don de la palabra, y a tal punto, que su más alto magisterio estaba precisamente en su conversación.

         Escucharlo hablar era para nosotros acercarnos a muchos aspectos inéditos de la realidad porteña.

         Aunque era un hombre solitario, su soledad era como la del dedo pulgar, la que no le impedía formar parte de la mano y darse siempre a los demás.

         En el trato personal, era un hombre bondadoso y cálido, generoso, abierto a las consultas.

         Por eso al Barcia que hoy evoco hay que buscarlo por la ruta de quienes fueron sus amigos, sus compañeros de redacción o sus discípulos. Es al Barcia humilde, al que nos cautivaba con su hablar, sin proponérselo.

         Al Barcia que sin ser alegre nos proporcionaba alegría, porque tenía la alegría de la palabra y vivió conversando para comunicarla a sus amigos.

         Él era sin duda lo que decía, pero más aun, cómo lo decía. En la Academia, en el café, en la cantina de recalada.

         Revestía los temas de su conversación con tan peculiar transparencia en la sencillez de las palabras, en el tono y en las inflexiones de su voz, en la justeza del ademán, que cada frase suya, cargada de reflexiones y de anécdotas, ejercía en nosotros una seducción irresistible.

         Sus libros, Discepolín (1971); El tiempo de milonguita (1972); El lunfardo de Buenos Aires (1973); Tango, tangueros y tangocosas (1976) y su Diccionario Hípico (1978), todos ellos escritos con humor y en clave didáctica, nos hablan de un auténtico erudito en Buenos Aires, al que nada de lo porteño le era ajeno.

         A José Barcia se lo admiraba por su talento, se lo quería por su bonhomía y se lo respetaba; admiración, cariño y respeto que lo siguieron siempre como la sombra al cuerpo, creándose en torno a él una apretada trama de sentimientos cordiales y de amistades sólidas.

         Fue un periodista de larga y excepcional experiencia. A los veinte años, cuando no le faltaban sino unas pocas materias para culminar su carrera de Notariado de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, descubrió su vocación y ningún título podía neutralizarla. Ingresó en el diario La Nación como cronista de deportes y algunos meses más tarde, con carácter efectivo, en Noticias Gráficas, donde recorrió toda la gama jerárquica de una redacción periodística: cronista de turf, jefe de sección, prosecretario de redacción, secretario y, finalmente, director, continuando posteriormente  su carrera como editorialista de La Nación.   Perteneció también a las redacciones de los diarios “Tribuna Libre” y “El Diario” y de las revistas “Mundo Argentino”  y “Mundo Deportivo”.

         Barcia, en mis recuerdos de amigo, no ha de aparecer solamente como escritor y periodista de raza, de larga y excepcional experiencia; un ilustre académico o el dueño de una porteñidad inclaudicable, sino, también, como alguien que ha sabido calar hondo en el afecto y permanecer en él.

Los miembros de la Academia Porteña del Lunfardo posando en plena calle, frente a la que fue la segunda sede de la Institución (Lavalle 1537)

    José Barcia nació en  Buenos Aires el 27 de febrero de 1911 y falleció en la misma ciudad el 31 de diciembre de 1985. 


           "MI BUENOS AIRES QUERIDO" - tango - Alfredo Le Pera / Carlos Gardel