jueves, 5 de julio de 2018

JULIÁN CENTEYA Y SU NOVELA "EL VACIADERO"


Nació en 1910 en Italia, en Borgotaro, provincia de Parma, donde lo bautizaron Amleto Enrico Vergiati, un nombre que habría de quedar eclipsado por el de Julián Centeya, el poeta que fue y seguirá siendo dueño del mundo que da a la esquina.
Con Julián, en febrero de 1968
         Guardo de él una visión muy nítida. Lo conocí en Coghlan, en una casa ubicada en el pasaje Sócrates 3045, donde vivía rodeado de libros y papeles, en la que, más de una vez, lo vi manuscribir prolijamente sus versos de atorrrancia y singular belleza, ignorando al “pianito de escribir” que no tenía.
         Lo recuerdo impulsivo, hablando a golpes de inspiración. Todo él era una emoción...  una soledad... un despedirse. Fueron los días en que, sin aparato alguno, se escaneó en cuerpo y alma en su poema Atorro.
Si hasta me parece oírle decir: - Encanutado en la última pilcha, / negao a todo, / piantao de mí, / en la pinchada que da el atorro, / como de nada, / puesto en el forro / del jonca ´e pino me iré de aquí.

Cuando nació en él la idea de escribir una novela sobre el vaciadero de Villa Soldati me dijo que iba a comenzarla con la siguiente frase: - Llovía que daba calambre.

Y así fue. Lo que nos cuenta en ella, con la elocuencia de una lágrima, comienza y termina con lluvia. Su escenario: montañas de tierra y basura; camiones y carros; más basura, y fuego todo el tiempo. Y el cirujeo; y los intermediarios; y los que van en coche; y los que allí ranchean y allí mueren. Y en el boliche de Roca y Lafuente, él, Julián Centeya, el “hombre gris de Buenos Aires” frente a un pocillo de café contándonos esa historia. Esa dramática historia, “cruda y mucha”. La de “El Vaciadero”, novela que publicó en 1971, escrita, tal su estilo, a pluma y calle.

Novela cuya lectura le dio pie a este poema. El que le dediqué a Julián una tarde en un viejo café de Villa Urquiza:

EL DEMONIO DEL BASURAL

Qué viejos nos alejamos de aquí,
de los humeantes basurales,
donde hemos visto por última vez
al hijo del mendigo cargando su mortaja
y hablando con el verdugo.
Aquí,
donde las viudas y los huérfanos
visten grises harapos;
donde nunca han brindado los testigos del alba
sobre un mantel de vida.
Qué viejos nos alejamos de aquí,
de los humeantes basurales,
donde también dejamos partes nuestras.
Qué viejos nos alejamos de aquí,
y cómo nos resignamos al estigma
viendo reptar los días.

Hasta que nos acurruquemos una noche cualquiera
y nos soñemos limpios.