jueves, 31 de mayo de 2012

ACERCA DE LA “COCINA” DE UN POEMA


En La Filosofía de la Composición, Edgard Allan Poe nos explica cómo escribió su poema El Cuervo. La consideración inicial fue no pasarse de las cien líneas y tratar de elegir la impresión o el efecto que el poema habría de producir. Después de considerar que la belleza es el único dominio legítimo, su preocupación se orientó hacia la búsqueda de un tono adecuado, llegando a la conclusión de que éste era el de la tristeza y la melancolía. Luego pensó en algo que, con sentido teatral, pudiera servirle como idea fundamental en la construcción del poema. De inmediato se dio cuenta de que lo más efectivo para tal fin era el uso continuo y monótono de un estribillo. Y el primero que se le ocurrió encerraba, además, una sentencia: ¡Nunca más! Y ese ¡Nunca más! tenía que estar en boca de una criatura no razonable, pero capaz de hablar. Pensó entonces en un loro, al que inmediatamente reemplazó por un cuervo, pájaro que siendo igualmente capaz de hablar iba más en consonancia con el tono elegido.
 Ahora, en tren de explicar cómo escribí mi poema “... que te sacarán los ojos” (diciembre de 1979), sólo diré que me propuse no pasar de los diez versos; que son estos:
 
                                         Yo también tengo un cuervo en la sabiola 
                                         revoloteando en ella noche y día,
                                         que cada tanto y sin pasarme bola
                                         me dicta alguna negra poesía.

                                         Lo crié de pichón. ¡Flor de gilastro!
                                         Y ya ves... hoy, metido a poetastro,
                                         le pido en verso que me deje en paz.

                                         Y el muy turro, creyéndose Allan Poe,
                                         abre el pico, sabiendo que me jode,
                                         para sólo decirme: “Nunca Más”
  
"El cuervo", de Allan Poe
en la voz de Juan Antonio Cebrián
Escuchemos al cuervo: Never more!