jueves, 19 de enero de 2012

ACERCA DE LA PALABRA ASESINO


Según el diccionario, la palabra asesino proviene del árabe, hassasin, adicto al hasís o hachich   (narcótico proveniente de la resina del cáñamo) e integrante de una antigua secta (fines del siglo XI) en la que se hacía voto, al ingresar, de matar a quien el jefe ordenase.
Hassan bin Sabbah (حسنى صباح)
             Otra versión, no menos coherente, es la que nos dice que dicho jefe se llamaba Hassan el Sabbah (Qom, Irán, 1034? - Alamut, 12 de junio de 1124), quien al frente de un grupo de facinerosos terminó adquiriendo una triste celebridad y pasó a ser conocido, en una extensa zona ubicada al sur del mar Caspio, como El Viejo de la Montaña.
            Tantos fueron los crímenes cometidos por sus seguidores, los hombres de Hassan, o sea los hassassines, que bien podría derivar de su nombre la palabra que nos ocupa.
            Digamos entonces, que la palabra asesino tanto puede provenir del nombre de los que mataban bajo los efectos del hachich, los hachichines, como del nombre de quien estaba al frente de la secta.
            Recordemos, de paso, la ironía de que este siniestro personaje, en su juventud, fuese íntimo amigo del poeta persa Omar Kheyyam, autor de la famosa Rubaiyat.  
            En estos días, en que los hachichines han regresado y a diario son noticia, no podemos menos que evocar la época en la que sólo se hablaba de un asesino. Un asesino con el que teníamos un trato asiduo, cordial y despreocupado. Y ese asesino no era otro que el peluquero*.
            Eran tiempos en que a los pibes se los pelaba en verano; a los jóvenes se los rapaba en la colimba y estaba de moda el corte de pelo a la media americana con “escalera” incluida.

* Los de ahora, muchos de ellos “seriales”, merecen un capítulo aparte.

                                                      “Assassin's Tango”, by John Powell