miércoles, 17 de agosto de 2011

HOMENAJE A EDMUNDO RIVERO EN EL REGIMIENTO DE GRANADEROS

 

HOMENAJE A EDMUNDO RIVERO EN EL REGIMIENTO DE GRANADEROS

                                                                 Luis Alposta 

                                                                                     Martes, 7 de abril de 2009

Edmundo Rivero a los 20 años, vistiendo el uniforme de granadero

Hoy, que Edmundo Rivero ya no está físicamente entre nosotros, pero que por haber sido quien fue, sigue y seguirá estando en nuestro recuerdo y, esencialmente, en su canto, nos enfrentamos una vez más al malón de su ausencia en este homenaje. El homenaje al hombre, al cantor, al amigo.

Siempre festejaré la feliz circunstancia que me ha acercado a su persona. Fue en 1968, en una comida presidida de oficio por el inefable Barquina, con el fondo tanguero de la orquesta de José Basso. Después, no hubo de pasar mucho tiempo para que pudiese comprobar que hasta los lugares comunes de la amistad eran, en él, algo común: a carta cabal, sin dobleces, sin renuncios, de las que no se empardan.

         Quienes lo conocimos supimos bien que Rivero nunca hizo derroches de palabras, ni habló de sí más de lo necesario, ni siquiera cuando el éxito comenzó a acompañarlo.

         Tenía una particular manera de conversar.

         En él no había palabras fuera de lugar. Hablaba como cantaba. Llamaba a las cosas por su nombre y, cada vez que afirmaba algo, en realidad era una sentencia. Tenía la valoración exacta que hacía de sus palabras, de sus gestos, de las inflexiones de su voz, la síntesis de algo que no abunda: humanidad. Era un hombre bueno y, tal vez, allí estaba el secreto de Rivero: en su bondad. No había palabras duras en él, salvo cuando hablaba de música.

Su sobriedad, el pudor con que manejó siempre su vida, el rigor casi místico que le impuso a su carrera, bastarían para darnos el perfil de un hombre que sabía convertir sus repentinos silencios en el dato más elocuente. Rivero prefirió siempre que se lo conociese por su música y su canto -la única elocuencia que le interesaba- y por la rectitud de su conducta”.

Esa reserva y esa hombría de bien lo situaban en un plano de dignidad muy alejado de la mediocridad y de las mezquindades y hacían de él un amigo noble y leal.

         -Yo tengo muchos amigos, pero a todos los trato de usted. Músicos, poetas o quien sea. Yo soy así, me confió una tarde, agregando luego:

-Tengo amigos de toda clase y con todos me llevo bien.

         Es que para Rivero la amistad era una palabra mayor y, por lo tanto, algo que se brinda y se acepta sin condicionamientos ni abandonos.

         Fácil me es ahora, sintetizar en pocas líneas el valor de su obra, con sólo recordar que la verdadera clave de su vida ha consistido siempre en una auténtica vocación. Una vocación de amor hacia la música y el canto. Y para felicidad de todos nosotros, de un canto que ya nos pertenece por habernos ganado el corazón.

Proveniente de una familia en la que viola y canción iban de mano en mano y de boca en boca con la naturalidad de un mate, Rivero aprendió los primeros tonos en la guitarra junto a su tío Alberto, iniciando más tarde sus estudios formales en el Conservatorio Nacional con el maestro Urizar.

De ahí en más, se fue gestando en él un estilo rigurosamente personal, siendo su voz la de un hombre que amaba y sentía a Buenos Aires, y la de alguien que ha sabido llegar a ser portaestandarte de su ciudad y de su tiempo.

Así como el lenguaje es lo más simbólico que tenemos, la voz es lo más espiritual. La voz, como el poema, no es portadora de sonidos sino transmisora de emociones; y no es el timbre de una voz lo que más vale, sino la vibración de espíritu que nos transmite.

El hecho de apuntar hacia un registro de bajo, no le impidió a Rivero cumplir con el servicio militar en el Regimiento de Granaderos a Caballo.

"En Granaderos - me dijo- aprendía a andar a caballo, cosa que yo sabía, si bien ignoraba las destrezas que allí se enseñan: volteos simple, volteos doble, 'tijeras', carreras y lanceos en pelo, salto de valla parado en los estribos o sentado al revés. Claro está que, hasta que aprendí todo eso, me llevé más de un porrazo y buenos revolcones."

De esa época conservaba buenos recuerdos y buenos amigos.

 En 1935, se incorpora a la orquesta de los hermanos De Caro, y luego a la de Humberto Canaro y a la de Horacio Salgán, hasta llegar a la de Aníbal Troilo en 1947, con la que habría de darse una de las más felices coyunturas musicales de la década del cuarenta.

Desde entonces, la amistad entre Pichuco y Rivero fue inquebrantable y se nutrió siempre del respeto mutuo, entre largas horas de ensayos y trabajos compartidos.

En 1950, después de aquel “¡Buena suerte Gaucho!” el debutar como solista en Radio Belgrano y la libertad de cantar lo que quisiera lo llevarían definitivamente a la experiencia del éxito continuo. Un éxito que, para afirmarse, no necesitó nunca de las consabidas banderolas publicitarias.

Pero, lo que más quiero resaltar, es que en la personalidad de Edmundo Rivero convivían armoniosamente no sólo el cantor con dimensión de músico e intérprete, sino también el inspirado compositor y letrista. Temas como “Malón de ausencia”; “No, mi amor”; “Quién sino tú”; “Yo soy el mismo”; “La toalla mojada” y muchísimos más, que integran ya, como él, la nómina de los llamados a perdurar.

Otro hecho importante y digno también de ser destacado, es que desde los lejanos días de “El ciruja”, de “Audacia” y de “Margot”, Rivero no ha dejado nunca de incluir composiciones lunfardas en su repertorio. Él ha sido, sin lugar a dudas, quien más ha contribuido a la difusión de la poesía lunfardesca, yendo de nuestros queridos clásicos a los poetas noveles, en un afán de búsqueda y de renovación permanente.

Fue por ese camino que llegó a musicalizar y grabar varios de mis poemas, y a unir, definitivamente, al tango con el soneto, creando así, en armónica simbiosis, una nueva modalidad.

Dije que no había palabras duras en él, salvo cuando hablaba de música. Y así era. Su parquedad se transformaba en verbo apasionado y categórico cuando de música se trataba. Una vez le oí decir: “El argentino al que le gusta la música y no le gusta ni el tango ni el folklore, no tiene derecho a sentirse argentino. El tango no morirá porque es como si se muriese el país. Y porque el tango es la forma real y acabada de pintar a la Argentina.”

“Lo que se hereda no se hurta” sentencia la sabiduría popular, y así a de ser, porque Rivero, que cuando pibe gastaba más cuerdas que zapatillas, nació, como ya dije, en el seno de una familia de cantores y guitarreros. Su madre solía tocar la guitarra y cantar estilos y vidalitas, a menudo, a dúo con su esposo, en las reuniones familiares, y de ellas recibió el pequeño Edmundo las primeras enseñanzas musicales.

Fue también de su madre de quien heredó antiguas canciones que con el tiempo pasarían a integrar su repertorio; entre ellas, la conocida “Milonga en negro”.

Su padre, por aquella época jefe de estación de ferrocarril, también gustaba de cantar, acompañándose, y muy bien, con la guitarra.

          “Mi padre nos daba todas las noches de Dios, su serenata, mientras mi madre le cebaba unos matecitos”, - solía evocar Rivero-

Pero las raíces de la pasión de los Rivero por la música deben buscarse aún más lejos: en la abuela paterna, Catalina Ferrando, quien tocaba la guitarra en los ratos libres que le dejaba su profesión de ayudar a traer niños al mundo, o aún en el “Tata Viejo”, el bisabuelo paterno, que solía llorar mientras pulsaba las cuerdas frente a un espejo, curiosa actitud en la que lo sorprendió la muerte cerca de los noventa años.

Tampoco faltaba en la familia el músico profesional. Su tío Alberto, quien integraba entonces un conjunto compuesto por bandoneón, violín y guitarra. Con él aprendió las primeras notas y los primeros acordes, iniciando más tarde sus estudios formales en el Conservatorio Nacional.

Y así, guitarra y canto pasaron a ser en él una pasión, la que con el tiempo habría de convertirse en la auténtica pasión de su vida.

Después vendría el dúo y el trío con sus hermanos, Aníbal y Lidia Eva.

La guitarra dejó de tener secretos para él. El noble instrumento pulsado con maestría, vibraba al compás de la voluntad y el sentimiento del ejecutante, quien aprendió a sacarle sin dificultad los sones más escondidos. Rivero y la guitarra formarían siempre una unidad indisoluble, que no desaparecería ni siquiera cuando, años más tarde, llegó a cantar y grabar con importantes orquestas: en gran parte de sus discos figuran temas con acompañamiento de guitarra, a menudo realizado por él mismo. “La guitarra es un instrumento que se toca pegado al corazón... trasmite mejor las emociones del que la toca”, afirmaba Rivero para explicar ese amor suyo por la viola.

La voz de Rivero marcó un hito en la música porteña, que hasta él había sido cultivada sólo por tenores y barítonos. Su timbre profundo y personal, que lo individualizaba sin posibilidad de error indujo un cambio en el gusto del público y en la forma de apreciar la música tanguera que no hizo sino enriquecerla.

Como intérprete, su forma de traducir los matices expresivos de las letras, fue también un rasgo que lo diferenció de los demás cantores. “Me importa interpretar los textos”, decía, y esta afirmación implicaba que su arte no sólo consistía en cantar un texto sino en darle a cada una de las palabras de éste un sentido cabal, ligando íntimamente la expresividad del lenguaje y la del sonido. No por nada varios poetas han escrito temas especialmente para él; entre otros, Homero Manzi y Discépolo: “Sur”, “El último organito”, “Ché, bandoneón”, el primero, y “Cafetín de Buenos Aires” y “Fangal”, el segundo.

Más de un crítico ha coincidido en que la aparición de la figura de Rivero tuvo gran influencia en el tango, tanto con respecto al canto como a las letras, pues no sólo le abrió el camino a bajos y barítonos con tendencia a bajos, sino que también propició una identificación de la literatura tanguera con sus fuentes y sus cauces auténticos, alejándola de la influencia del bolero y acercándola al lunfardo. Por otra parte, su capacidad de alternar, con idéntico acierto, el tango más rantifuso y compadre con la canción más delicada y de interpretar con virtuosismo los más difíciles solos de guitarra, es una prueba más de que, por encima del género que abordara Rivero era un artista notable, uno de los más grandes y completos que ha dado nuestro arte popular.

         La suya fue la voz grave de un hombre sano, la gruesa voz de un fino espíritu, la voz de alguien que noche tras noche, y sin dejar de emocionarnos, se podía dar el lujo (en El Viejo Almacén) de cantar “Sur mirando hacia el Oeste.

Por todo esto, pienso que con este homenaje, más allá de lo personal, no hacemos más que corroborar una de las tantas cosas buenas de Buenos Aires: 

La de no arrojar al olvido a quien fuera su cantor.