HOMENAJE A EDMUNDO RIVERO EN EL REGIMIENTO DE GRANADEROS
Luis Alposta
Martes, 7 de abril de 2009
| Edmundo Rivero a los 20 años, vistiendo el uniforme de granadero |
Hoy, que Edmundo Rivero ya no está físicamente entre
nosotros, pero que por haber sido quien fue, sigue y seguirá estando en nuestro
recuerdo y, esencialmente, en su canto, nos enfrentamos una vez más al malón de
su ausencia en este homenaje. El homenaje al hombre, al cantor, al amigo.
Siempre festejaré la feliz
circunstancia que me ha acercado a su persona. Fue en 1968, en una comida presidida de oficio
por el inefable Barquina, con el fondo tanguero de la orquesta de José Basso. Después,
no hubo de pasar mucho tiempo para que pudiese comprobar que hasta los lugares comunes
de la amistad eran, en él, algo común: a carta cabal, sin dobleces, sin renuncios,
de las que no se empardan.
Quienes lo conocimos supimos bien que
Rivero nunca hizo derroches de palabras, ni habló de sí más de lo necesario, ni
siquiera cuando el éxito comenzó a acompañarlo.
Tenía una particular manera de conversar.
En él no había palabras fuera de lugar.
Hablaba como cantaba. Llamaba a las cosas por su nombre y, cada vez que afirmaba
algo, en realidad era una sentencia. Tenía la valoración exacta que hacía de sus
palabras, de sus gestos, de las inflexiones de su voz, la síntesis de algo que no
abunda: humanidad. Era un hombre bueno y, tal vez, allí estaba el secreto de Rivero:
en su bondad. No había palabras duras en él, salvo cuando hablaba de música.
Su sobriedad, el pudor con que manejó siempre su vida,
el rigor casi místico que le impuso a su carrera, bastarían para darnos el perfil
de un hombre que sabía convertir sus repentinos silencios en el dato más elocuente.
Rivero prefirió siempre que se lo conociese por su música y su canto -la única elocuencia
que le interesaba- y por la rectitud de su conducta”.
Esa reserva y esa hombría de bien lo situaban en un plano
de dignidad muy alejado de la mediocridad y de las mezquindades y hacían de él un
amigo noble y leal.
-Yo tengo muchos amigos, pero a todos los
trato de usted. Músicos, poetas o quien sea. Yo soy así, me confió una tarde, agregando
luego:
-Tengo
amigos de toda clase y con todos me llevo bien.
Es que para Rivero la amistad era una palabra
mayor y, por lo tanto, algo que se brinda y se acepta sin condicionamientos ni abandonos.
Fácil me es ahora, sintetizar en pocas líneas el valor de su obra, con
sólo recordar que la verdadera clave de su vida ha consistido siempre en una
auténtica vocación. Una vocación de amor hacia la música y el canto. Y para
felicidad de todos nosotros, de un canto que ya nos pertenece por habernos
ganado el corazón.
Proveniente de una familia en
la que viola y canción iban de mano en mano y de boca en boca con la
naturalidad de un mate, Rivero aprendió los primeros tonos en la guitarra junto
a su tío Alberto, iniciando más tarde sus estudios formales en el Conservatorio
Nacional con el maestro Urizar.
De ahí en más, se fue gestando
en él un estilo rigurosamente personal, siendo su voz la de un hombre que amaba
y sentía a Buenos Aires, y la de alguien que ha sabido llegar a ser
portaestandarte de su ciudad y de su tiempo.
Así como el lenguaje es lo más
simbólico que tenemos, la voz es lo más espiritual. La voz, como el poema, no
es portadora de sonidos sino transmisora de emociones; y no es el timbre de una
voz lo que más vale, sino la vibración de espíritu que nos transmite.
El hecho de apuntar hacia un registro de bajo, no le impidió a Rivero cumplir con el servicio militar en el Regimiento de Granaderos a Caballo.
"En Granaderos - me dijo- aprendía a andar a caballo, cosa que yo sabía, si bien ignoraba las destrezas que allí se enseñan: volteos simple, volteos doble, 'tijeras', carreras y lanceos en pelo, salto de valla parado en los estribos o sentado al revés. Claro está que, hasta que aprendí todo eso, me llevé más de un porrazo y buenos revolcones."
De esa época conservaba buenos recuerdos y buenos amigos.
En 1935, se incorpora a la orquesta de los hermanos De Caro, y luego a la de Humberto Canaro y a la de Horacio Salgán, hasta llegar a la de Aníbal Troilo en 1947, con la que habría de darse una de las más felices coyunturas musicales de la década del cuarenta.
Desde entonces, la amistad entre Pichuco y
Rivero fue inquebrantable y se nutrió siempre del respeto mutuo, entre largas
horas de ensayos y trabajos compartidos.
En 1950, después de aquel “¡Buena suerte Gaucho!” el
debutar como solista en Radio Belgrano y la libertad de cantar lo que quisiera
lo llevarían definitivamente a la experiencia del éxito continuo. Un éxito que,
para afirmarse, no necesitó nunca de las consabidas banderolas publicitarias.
Pero, lo que más quiero
resaltar, es que en la personalidad de Edmundo Rivero convivían armoniosamente
no sólo el cantor con dimensión de músico e intérprete, sino también el
inspirado compositor y letrista. Temas como “Malón de ausencia”; “No, mi amor”;
“Quién sino tú”; “Yo soy el mismo”; “La toalla mojada” y muchísimos más, que
integran ya, como él, la nómina de los llamados a perdurar.
Otro hecho importante y digno
también de ser destacado, es que desde los lejanos días de “El ciruja”, de
“Audacia” y de “Margot”, Rivero no ha dejado nunca de incluir composiciones
lunfardas en su repertorio. Él ha sido, sin lugar a dudas, quien más ha
contribuido a la difusión de la poesía lunfardesca, yendo de nuestros queridos
clásicos a los poetas noveles, en un afán de búsqueda y de renovación
permanente.
Fue por ese camino que llegó a
musicalizar y grabar varios de mis poemas, y a unir, definitivamente, al tango
con el soneto, creando así, en armónica simbiosis, una nueva modalidad.
Dije que no había palabras duras en él, salvo cuando
hablaba de música. Y así era. Su parquedad se transformaba en verbo apasionado
y categórico cuando de música se trataba. Una vez le oí decir: “El argentino al
que le gusta la música y no le gusta ni el tango ni el folklore, no tiene
derecho a sentirse argentino. El tango no morirá porque es como si se muriese
el país. Y porque el tango es la forma real y acabada de pintar a
“Lo que se hereda no se hurta” sentencia la sabiduría
popular, y así a de ser, porque Rivero, que cuando pibe gastaba más cuerdas que
zapatillas, nació, como ya dije, en el seno de una familia de cantores y
guitarreros. Su madre solía tocar la guitarra y cantar estilos y vidalitas, a
menudo, a dúo con su esposo, en las reuniones familiares, y de ellas recibió el
pequeño Edmundo las primeras enseñanzas musicales.
Fue también de su madre de quien heredó antiguas
canciones que con el tiempo pasarían a integrar su repertorio; entre ellas, la conocida
“Milonga en negro”.
Su padre, por aquella época jefe de estación de
ferrocarril, también gustaba de cantar, acompañándose, y muy bien, con la
guitarra.
“Mi
padre nos daba todas las noches de Dios, su serenata, mientras mi madre le
cebaba unos matecitos”, - solía evocar Rivero-
Pero las raíces de la pasión de los Rivero por la
música deben buscarse aún más lejos: en la abuela paterna, Catalina Ferrando,
quien tocaba la guitarra en los ratos libres que le dejaba su profesión de
ayudar a traer niños al mundo, o aún en el “Tata Viejo”, el bisabuelo paterno,
que solía llorar mientras pulsaba las cuerdas frente a un espejo, curiosa
actitud en la que lo sorprendió la muerte cerca de los noventa años.
Tampoco faltaba en la familia el músico profesional.
Su tío Alberto, quien integraba entonces un conjunto compuesto por bandoneón,
violín y guitarra. Con él aprendió las primeras notas y los primeros acordes,
iniciando más tarde sus estudios formales en el Conservatorio Nacional.
Y así, guitarra y canto pasaron a ser en él una
pasión, la que con el tiempo habría de convertirse en la auténtica pasión de su
vida.
Después vendría el dúo y el trío con sus hermanos,
Aníbal y Lidia Eva.
La guitarra dejó de tener secretos para él. El noble
instrumento pulsado con maestría, vibraba al compás de la voluntad y el
sentimiento del ejecutante, quien aprendió a sacarle sin dificultad los sones
más escondidos. Rivero y la guitarra formarían siempre una unidad indisoluble,
que no desaparecería ni siquiera cuando, años más tarde, llegó a cantar y
grabar con importantes orquestas: en gran parte de sus discos figuran temas con
acompañamiento de guitarra, a menudo realizado por él mismo. “La guitarra es un
instrumento que se toca pegado al corazón... trasmite mejor las emociones del
que la toca”, afirmaba Rivero para explicar ese amor suyo por la viola.
La voz de Rivero marcó un hito en la música porteña,
que hasta él había sido cultivada sólo por tenores y barítonos. Su timbre
profundo y personal, que lo individualizaba sin posibilidad de error indujo un
cambio en el gusto del público y en la forma de apreciar la música tanguera que
no hizo sino enriquecerla.
Como intérprete, su forma de
traducir los matices expresivos de las letras, fue también un rasgo que lo
diferenció de los demás cantores. “Me importa interpretar los textos”, decía, y
esta afirmación implicaba que su arte no sólo consistía en cantar un texto sino
en darle a cada una de las palabras de éste un sentido cabal, ligando
íntimamente la expresividad del lenguaje y la del sonido. No por nada varios
poetas han escrito temas especialmente para él; entre otros, Homero Manzi y
Discépolo: “Sur”, “El último organito”, “Ché, bandoneón”, el primero, y
“Cafetín de Buenos Aires” y “Fangal”, el segundo.
Más de un crítico ha
coincidido en que la aparición de la figura de Rivero tuvo gran influencia en
el tango, tanto con respecto al canto como a las letras, pues no sólo le abrió
el camino a bajos y barítonos con tendencia a bajos, sino que también propició
una identificación de la literatura tanguera con sus fuentes y sus cauces
auténticos, alejándola de la influencia del bolero y acercándola al lunfardo.
Por otra parte, su capacidad de alternar, con idéntico acierto, el tango más
rantifuso y compadre con la canción más delicada y de interpretar con
virtuosismo los más difíciles solos de guitarra, es una prueba más de que, por
encima del género que abordara Rivero era un artista notable, uno de los más
grandes y completos que ha dado nuestro arte popular.
La suya fue la voz grave de un hombre sano,
la gruesa voz de un fino espíritu, la voz de alguien que noche tras noche, y sin
dejar de emocionarnos, se podía dar el lujo (en El Viejo Almacén) de cantar “Sur” mirando hacia el Oeste.
Por todo esto, pienso que con este homenaje, más allá de lo personal, no hacemos más que corroborar una de las tantas cosas buenas de Buenos Aires:
La de no arrojar al olvido a quien
fuera su cantor.