jueves, 31 de mayo de 2018

13 HISTORIAS A MUERTE - para leer de un saque



Ed. La Casona de Iván Grondona, 1era edición - 1978 
2da edición, Ed. El Lunfa, Bs. As. 1982



Historias sin vueltas de hoja 
                                A Tácito

SOBRE UNA HISTORIA SIN POESÍA

         Era un punto de Barracas que se había pasado la vida escribiendo sonetos para las pibas del barrio, el buzón de la esquina y los tranvías que se fueron.
         Como nadie le llevaba el apunte y le decían en la cara que se dejara de joder con sus versos, decidió hacerse el hara-kiri con su propia birome.
         Cuatrocientos años después, parado frente a su esqueleto, le preguntaba por qué la poesía lo había llevado a matarse.
         Cuando el esqueleto le dijo que equivocó el camino, dado que su verdadera vocación habría sido la metafísica, agarró y se pegó un tiro.


SOBRE UN DESTINO

         Estaba pálido; en la mirada y en el temblor de las manos afloraba su verdadero ánimo.
         Hacía varias noches que venía buscando el desquite.
         Acabó perdiéndolo todo en una carta.
         Alguien me contó después, que terminó enganchado en un buque de ultramar como ayudante de cocina. Supe también que una noche, al desembarcar en Marsella, en compañía de algunos marineros entró en una taberna.
         Allí, lo que al principio le pudo parecer una simple discusión de borrachos, terminó de repente cuando alguien de melena y amplio manto sacó un cuchillo.
         El asombro le dibujó la cara.
         Murió convencido de que lo había matado el rey de espadas.


APUNTES SOBRE UN FRACASO

         “Escribir un libro, plantar un árbol y tener un hijo”.
         Durante veinticinco años tuvo esta frase debajo del vidrio de su escritorio.
         Decidido a publicar “su” libro, lo hizo y, al poco tiempo, se agotaron todos los ejemplares. Parecía ser el comienzo de una brillante carrera literaria.
         La madre, una lúcida mujer de noventa y cuatro años, reparó después en que un fervor inconciente había llevado a su hijo a plagiar a un tío.
         Al hacérselo notar, surgió en él una sensación de fracaso que le nubló el ánimo.
         A la mañana siguiente lo encontraron sin vida, al pie de un limonero que tiempo atrás él mismo había trasplantado.
         Los originales del libro y la frase que tenía en su escritorio, fueron toda la herencia que recibió su hijo adoptivo.
         Los derechos de autor los siguió cobrando la madre.


EL ARTE DE SIMULAR

         Todos sabían que Giácomo, por haber ido a ver una película de Buster Keaton, había perdido su barco.
         Todos sabían también que ese había sido el paso decisivo de su destino para que se radicara en Detroit.
         Durante más de treinta años lo vieron trabajar como lavacopas en el mismo bar, donde solía ser el blanco de las bromas de peor gusto.
         Aquella mañana, en que cayó de una estantería la botella que habría de causarle la muerte, llegaron al extremo de comentar el hecho jocosamente.
         Lo que nunca supieron es que pocos días después, en un pueblito cercano a Messina, un grupo de hombres lloraba por el “capo di tutti i capi”.


EL AGNÓSTICO

         Trabajaba, como lo hacía todas las tardes, en su laboratorio.
         Al abrir la ventana, no reparó en un mamboretá que fue a caer dentro de la probeta.
         En pocos minutos, el insecto alcanzó un tamaño tal, que acabó por romper el recipiente.
         La sorpresa le abrió la boca.
         Ante su asombro, la mantis seguía creciendo y lo contemplaba en actitud hierática.
         Un súbito recuerdo de la infancia le sugirió una salida.
         Con un hilo de voz, apenas alcanzó a preguntar:
         - Mamboretá, ¿dónde está Dios?
         Y aquella tarde... dos juncos ensangrentados apuntaron al cielo.


REENCUENTRO

                   Tanto en las horas lánguidas del boliche como en las pendencias, solían ser inseparables. Una verdadera yunta con similar destreza en  el manejo del revólver.
         Era frecuente verlos en el corralón de la calle Mansilla donde con ánimo de juego tanto podían tirarle a una lata de conserva como a un clavo de herradura.
         Invariablemente terminaban parejos. Donde ponían el ojo las balas encontraban siempre el blanco.
         Después, la vida distanció sus rumbos hasta que al tiempo los volvió a juntar la política. Pero esta vez sería enfrentándolos en un entrevero.
         Uno cayó abriendo la boca, con el lunar de un balazo en el entrecejo.
         Y dicen que, aquella misma noche, al otro se le escapaba un tiro mientras limpiaba su revólver.


¿SOÑAR NO CUESTA NADA?

         En una clínica psiquiátrica, un paciente lo decapita a otro mientras duerme. Luego comienza a reír (como un loco), pensando en el susto que se habrá de llevar cuando despierte.
         Quien despertó fue él, y vio que no había ningún decapitado y que quien reía a carcajadas era el otro.
         Volvió entonces a conciliar el sueño; pero esta vez se llegó a identificar con la víctima y ya no despertó.


ANTE  UN  AHORCADO

Dicen  que  fue  en  el  árbol  del  pasado
donde  colgó  la  soga  del  recuerdo.
¿Filósofo,  poeta,  loco  o  cuerdo?
Nos  pregunta  su  sombra  desde  el  muro.

Sólo    que  vistiendo  traje  oscuro,
ciñó  a  su  cuello  el  lazo,  suavemente,
dejó  caer  el  banco  del  presente
y  le  sacó  la  lengua  a  su  futuro.


PROHIBIDO CONVERSAR CON EL CONDUCTOR

         Se trataba de un grupo de psicólogos.
         Hablaban en voz alta y de tal manera, que la conversación se fue generalizando gradualmente. Terminaron participando todos. Hasta el chofer.
         El tema giraba en torno al inconciente colectivo.
         Cuando fueron arrollados por el tren, una cabeza, con aspecto grave, alcanzó a decir que el colectivo estaba lleno de inconcientes.
         La mesa redonda sobre Jung, que se realizaría esa misma tarde, debió ser suspendida.


EN AQUELLA CASA 

En aquella casa todo era brilloso.
En aquella casa la yerba y sus infusiones estaban prohibidas.
En aquella casa nadie jugaba al ajedrez.
En aquella casa, su dueño había adiestrado a un doberman, de tal manera… que toda vez que oía la palabra “mate”, obedecía.
         

CATALEPSIA


         Cuando despertó, creyó escuchar que alguien le preguntaba a sus familiares: ¿De crema o chocolate? 


LO ÚNICO  

Vivía pobremente y solo. 
No tenía familiares ni amigos.
Una noche, le dio cuerda al reloj
y quedó muerto.
Lo único que dejó,
fue un tic-tac
que lo sobrevivió veinticuatro horas.


AUT VINCERE AUT MORI

         El llegar tarde a su trabajo ya era un hecho habitual.
         ¡Cuándo podré olvidar el despertador y seguir durmiendo!, se lamentaba.
         Una noche, durante el sueño, el amarillo y desdentado rostro de una mujer, le dijo: “Ha llegado la hora en que podrás, por fin, quedarte entre las sábanas por más tiempo”.
         A la mañana siguiente, ante el asombro de todos, se lo vería llegar a la oficina dos horas antes.

"Ante un ahorcado" - de Luis Alposta 
por Julián Centeya

Presentación de la primera edición de “13 HISTORIAS A MUERTE”, de Luis Alposta, efectuada en La Casona de Iván Grondona el 20 de abril de 1978, por Manuel Augusto Dominguez


         La sonrisa a mandíbula pelada de una calavera catrina, es decir bacana, anima la tapa de estas 13 HISTORIAS A MUERTE, escritas de un saque para leerlas en otro.
         Buen ladero se buscó el señor académico de la del Lunfardo, don Luis Alposta. Lo de doctor-médico se lo quitamos para no caer en la ironía barata de emparentar a los galenos con la dama de la guadaña inexorable, tan bien diseñada en la tapa del libro por el ilustre artista chamaco José Guadalupe Posada, aquel que supo llegar a la entraña de su pueblo con la fórmula simple de tomar la vida en serio y la muerte en solfa.
         Pero ya le estoy viendo la cara de susto al presentado. Debe estar pensando: -No sea que Domínguez vaya a mandarse un introito que, por largo y pesado, ahogue la sustancia alígera de mis brevísimas historias. No hay cuidado, sería imperdonable llevar más tiempo hablando del libro de Alposta que el que se tarda en leerlo.
         Entre sus méritos, que tiene muchos, destaco este de la brevedad que se atiene a la sabiduría del conocido refrán, “Lo bueno si breve, dos veces bueno”.
         Precisamente en estos días me estoy debatiendo por llegar al final de un “bestseller”, obra de un autor famoso en la narrativa hispano-americana. Seguramente exhausto por la exigencia de los editores que le piden buen kilaje de páginas, cuenta en cuatrocientas cuarenta y siete páginas lo que podría decir en doscientas y se debate en fórmulas manidas de cuya reiteración pareciera no darse cuenta. Todos los personajes interesantes tienen la frente amplia, la nariz aguileña y cincuenta años de edad. Hay un incesto entre hermanos, un casamiento entre un sobrino de dieciocho calendarios y una tía de treinta y cuatro, y a los argentinos nos pone como para mandarnos a la tintorería con la ropa puesta, por pedantes, lacrimógenos y mugrientos.
         Por eso he gozado doblemente este ejercicio de las letras breves y buenas de Alposta, como el agua fresca que bebemos en el amanecer que sigue a una noche de curda.
         Desde que conocí a Alposta y sus sonetos inéditos, lo incite a seguir en una huella tan bien andada. Ya pintaba en él la concisión a que obliga el ejercicio de poner en línea a los catorce rebeldes. Pero también el satírico “irrespeto” (término que se me contagió en Venezuela) hacia la muerte, a quien Alposta pareciera a veces más inclinado a considerar como candidata a un canibalesco puchero de espinazo que a protagonista de una danza macabra.
         Yendo al grano, diré que el común denominador de la historia de Alposta es el estilo ceñido, el oficio inocultable de quien ha tenido el pudor de escribir mucho y publicar muy poco. La gracia auténtica, teñida con las nunca excesivas gotas de dramatismo y el argumento simple original y doblemente eficaz para impresionar el ánimo del lector, por ese efecto que suele tener de piña sorpresiva en la mandíbula, pero por sobre todo, la difícil parquedad que Alposta luce en este libro para imaginar cuentos sobre la parca y sus implicancias sobre el mortal género humano.
         En “Sobre una Historia sin Poesía”, en diez renglones se dan las causales de un suicidio póstumo, es decir un resuicidio, ¡paponia para la muerte!, que cobra dos vidas a un solo punto, dos cosechas a un mismo árbol, como los valencianos a sus naranjos.
         En “Sobre un Destino”, en trece renglones, Alposta resuelve el problema de un timbero empedernido. El bestsellerista que les conté más arriba hubiera escrito un mamotreto. El final de esta historia es de intensa dramaticidad, pero no lo cuento por que sería como una traicionera levantada de telón mientras el actor se está cambiando las bragas, según diría un purista del idioma.
         En “Reencuentro” se narra en quince renglones una larga historia porteña donde figuran la amistad, la balacera, la muerte y el suicidio.
         Ganas no me faltan de leer el único cuento rimado que contiene el libro, porque estoy embalado y las frenadas de golpe no convienen, ni en los colectivos ni en las presentaciones. Pero a mí no me corresponde leer sino comentar, y si Iván Grondona no lo tenía en su programa, le ruego que lea “Ante un Ahorcado”, dos cuartetas de sublime y cáustica dramaticidad.
         Cuentos tan breves como llenos de sustancia vital aunque hablen de la muerte, que está en todos ellos pero no aterra y a veces hace reír, donde también está la filosofía, pero no pesa ni aburre y la experiencia pero no puesta en sabionda.
         Quizá, el natural modesto de Alposta le haga ver estas historias como un divertimento o como simples arpegios. Yo pienso que no es así. Que quienes lo lean van a pedirle más, en prosa o en verso. Se verá obligado, minero descubridor de una rica veta, a seguir explorándola. Eso también le pasa por meterse con la muerte. Todos la temen, o la execran. Alposta se puso a jugar con ella y la huesuda le va a inspirar sin duda nuevos temas… porque en el fondo no es tan desalmada como la pintan.

------0------