jueves, 9 de junio de 2011

ACERCA DEL OFICIO DE SER ESPÍA


La soledad, la oscuridad, el anonimato y el silencio, han sido siempre las mejores armas de un buen espía, tanto casi como su falso pasaporte. Sin soledad radical, sin esa séptima soledad de quien no puede confiar en nadie, el espía no podría actuar. 
Por eso el espía que triunfa seguirá siendo un espía desconocido, maestro en el arte del despiste, del escamoteo y la ocultación. Una ocultación que hasta lo puede llevar a chamuyar en clave, al mejor estilo de un Carlos de la Púa o de un ”Negro” Cele. 
Philippe Labro, hace ya más de treinta años, fue quien dio a conocer un Diccionario del Espía.
Por él supimos que para los agentes soviéticos de la KGB, el hospital era la cárcel; una enfermedad era un arresto; un zapato un pasaporte falso y un zapatero un falsificador de documentos. 
Que para los agentes norteamericanos de la CIA, un fantasma era un espía; un nombre curioso era un seudónimo y play back era un término del contraespionaje internacional empleado para designar una emisión radial clandestina interceptada y recibida normalmente.
Supimos también que para los agentes franceses del Servicio de Documentación Exterior y de Contraespionaje, un torpedo era un agente utilizado para una sola misión; una liga, era tener pinchado un teléfono sin posibilidad de ser descubiertos y dormir, significaba suspender por tiempo indeterminado las actividades de una red o de una antena por razones de seguridad.
Aquí, o en cualquier parte del mundo, sin tener que estar necesariamente en la esquina de Corrientes y Esmeralda, un buen espía siempre habrá de tener algo de El Hombre que está solo y espera

El Superagente 86 en Argentina
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