jueves, 30 de marzo de 2017

ACERCA DE LA ESTROFA ANÓNIMA

La estrofa anónima (que siempre tiene autor), es decir la tradicional, la recogida por la voz viva del pueblo, la que encierra un espíritu, un estilo, una gracia. La que no tiene complicaciones o alambicamientos retóricos. La que, por lo general, con sólo cuatro versos breves, dúctiles y hondos, les puede dar cabida a todos los sentimientos y emociones. Estrofa mágica, capaz de encerrar un mundo maravillosamente infinito, como es el corazón humano. La que revela la proeza de mostrar lo más genuino de una tradición popular, con matices y tonos muy sutiles. Ésa es la copla anónima.

 Como la que se puede leer en los jardines de la Alhambra (folklorizada, aunque se sepa que su autor fue Francisco A. de Icaza):


“Dale limosna mujer
que no hay en la vida nada
como la pena de ser  
ciego en Granada.”



O esta otra, una quintilla que le escuché a Rafael Jijena Sánchez, en la que un charro mejicano nos la ofrece como para bordarla en su sombrero: 

“Comadre, cuando me muera,
haga de mi barro un jarro;
si tiene sed en él beba,
si a los labios se le pega,
son los besos de su charro.”

 Hace algunos años (cerca de cuarenta), en el consultorio médico de una obra social, un paciente, llamado Sergio Chasco *, me entregó la letra de una milonga que acababa de escribir, a la que tituló "Cuando la guita era buena". Siempre lamentaré haberla extraviado, pero, lo que sí debo agradecerle a mi memoria es que haya conservado de aquella letra esta cuarteta, porteña, sentenciosa, inspirada en una frase que se le atribuye a Gardel y, seguramente, también llamada a folklorizarse:

Si hasta Gardel tan gentil
solía decir a diario:
"Nunca lo avivés a un gil, 
dejalo que siga otario.” 

"En un feca" - letra y música: Anónimo 
Canta: Edmundo Rivero


*Siempre recordé esta cuarteta, no así el nombre de su autor, hasta que, mientras escribía estas líneas, encontré, inesperadamente, en una vieja carpeta, esta "receta":