jueves, 21 de abril de 2016

ACERCA DE DANIEL MELINGO


    
Con una presencia más candorosa que dramática y una figura que por momentos nos recuerda al Florencio Sánchez de Riganelli, Daniel Melingo toma la guitarra para acompañarse en el canto y hace del público su cómplice.
        Un rasgueo atorrante y una mano derecha que cuando separa el pulgar anuncia una milonga, es parte de la seducción.
        Melingo es dueño de una expresividad propia en la que, prácticamente, es muy difícil reconocer influencias de otros cantores. No obstante, el timbre y el color de su voz responden a lo que tradicionalmente se define y se conoce como “voz de tango”. Una voz de tango, sí, pero una voz distinta, alejada de todo estereotipo y sin alardes. Él compone sus propios tangos y musicaliza, además, poemas de otros autores y, fiel a sí mismo, los canta como si hablara, infundiéndoles el ritmo de su propia respiración. Por momentos lo hace con una ahogada congoja que logra emocionarnos.
       
Se percibe en su canto cierto dramatismo contenido y un arrastre que nos remite a la “esencia”; un canto que se nos muestra creíble y que sin dejar de ser actual nos transporta al tiempo de Villoldo.
        Su guitarra, su clarinete, su voz, lo que dice y cómo lo dice, ejemplos de sinceridad y extraversión, no ignoran las formas más primitivas y festivas que se encuentran en el origen del tango. Es como si Melingo hubiese estado allí. 

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