jueves, 14 de enero de 2016

ACERCA DE ROSITA QUIROGA



     Rosita Quiroga (Buenos Aires, 15 de enero de 1896 - 16 de octubre de 1984), se le adelantó cuarenta años a Paul Anka cantando “a su manera”. Cantaba como era y era como cantaba, con un canyengue espontáneo y natural que siempre la distinguió. Una auténtica autodidacta. 
        De Juan de Dios Filiberto aprendió, siendo muy chica, los primeros rasgueos en la guitarra. 
        Después, mujer de carácter, puesta a elegir muy pocas veces se equivocaba. Lo demostró al no querer estudiar canto, sabiendo que con su sola voz y su autenticidad le bastaba. Lo demostró al seleccionar su repertorio y a sus guitarristas; al buscar un letrista de la talla de Celedonio Flores y un bandoneón de lujo como el de Ciriaco Ortiz. Y lo volvió a demostrar, despojada de todo egoísmo, al seleccionar nuevas voces para la Victor. Voces que después fueron nombres, como el de Agustín Magaldi y el de Mercedes Simone, entre otros.
         Aunque temperamental y espontánea, su timidez, que lograra vencer con los años, la llevó a evitar en sus comienzos todo contacto directo con el público, al que no tardó en cautivar a través de sus muchos discos y la radio. Aquella radio, en la que solía cantar enharinada después de haber amasado y cocinado para el resto del elenco; y en la que daba puntualmente la hora con un golpe de sartén, fue su segunda casa, como habría de serlo igualmente la Victor, donde grabó cuanto quiso, no sólo para el país sino también para el resto de América y Europa.
         Podría decir, entre otras muchas cosas, que ella dio inicio a la etapa de las cancionistas; que los primeros temas que grabó fueron “Siempre Criolla” y “La Tipa”; que recomenzó sus estudios de guitarra a los ochenta años y que su primer guitarrista -que no era un personaje de Shakespeare- se llamaba Polonio.
         Pero a la Rosita Quiroga que hoy evoco es a la que tenía el che fácil, y a la que a su madre la llamaba mama y la trataba de usted. A la de la vida dura y a la de la vida muelle. A la que le gustaba cantar en los cumpleaños de Rivero y a la que tocaba piezas de Tárrega y Albéniz en el living de su casa, algo que pasaba muy de vez en vez, como los eclipses, y que impregnaba el aire con la música de su guitarra. A la de los berrinches y a la que una tarde vi llorar al escuchar el tango “Vieja Amiga”, que era el que más la emocionaba. A la del agua colonia y a la del Madame Rochas. A la que era feliz cocinando para sus amigos y a la que siempre le temió a una soledad que nunca tuvo.
        Luego de la muerte de don Mario Cappiello, su marido, ocurrida en 1964, Rosita solía decir que su vida ya era un libro cerrado. Pero a ese libro, que hojeaba con frecuencia, terminó agregándole capítulos inolvidables. Como el de su aventura en Japón, donde, en plena vejez, encontró vigente el anecdotario de sus éxitos, la verdad de su fama y el cariño de los nipones. Alguna vez, al buscarle el anagrama a su nombre, terminé rebautizándola japonesamente como Tashiro Garoki.
         Una mañana de junio de 1984, dos días después de haber estado festejando juntos el cumpleaños de Edmundo Rivero, llamé a Rosita por teléfono para leerle la letra de una milonga que acababa de escribirle. Daba así cumplimiento a un pedido que tiempo atrás ella me hiciera en La Casa del Tango, en presencia del maestro Sebastián Piana. Me pidió copia de los versos y como jugando y de un saque les puso música.

         Así nació “Campaneando mi pasado”, milonga que grabó en la Victor el 28 de septiembre de 1984, con el acompañamiento musical de Aníbal Arias.

Rosita Quiroga conversa con Antonio Carrizo en el programa 
"La Vida y el Canto"  - junio 1984 - Canta "Campaneando mi pasado"