jueves, 18 de julio de 2013

ACERCA DEL DR. LELOIR, EL TANGO Y LA SALSA GOLF


Edmundo Rivero, Juan Manuel Fangio,
Luis Federico Leloir y  René Favaloro
El Dr. Luis Federico Leloir, galardonado con el premio Nobel de Química en 1970 por sus estudios sobre el metabolismo de los hidratos de carbono, entró en este mundo por París, al igual que el Dr. y tangólogo Luis Adolfo Sierra y Alfredo Gobbi, el violín romántico del tango.
Lo conocí en 1956 en la Cátedra de Fisiología de la Facultad de Medicina de Buenos Aires.
Muchos años después tuve el honor de que prologase mi libro El Lunfardo y el Tango en la Medicina, donde comienza diciendo que “las exigencias de la vida de un científico pocas veces le permiten salir de su “habitat” y excursionar en campos de actividades diferentes.” Y un agradable escape de su “habitat”, según sus propias palabras, ocurrió el 26 de septiembre de 1985 cuando concurrió, invitado por Edmundo Rivero, a recibir el premio Pedro de Mendoza que otorgaba “El Viejo Almacén”.
Y ya que hablamos de excursionar en “campos” diferentes, recordemos cuando lo hizo en un campo de golf:
Cuentan que a Leloir le gustaba mucho comer langostinos en el restaurante del Club de Golf de Mar del Plata.
En el Museo de la Caricatura "Severo Vaccaro"
 17 / VI / 1986
            Cansado de comerlos siempre con mayonesa, un buen día decidió hacer un experimento y probó los langostinos con mayonesa mezclada con salsa ketchup.
            La mezcla daba lugar a una salsa color salmón que fue calificada como deliciosa por sus compañeros de mesa.
            Un buen día, contento con su descubrimiento culinario, encaró al chef y le pidió que la preparara él mismo. Los dueños del restaurante prepararon en cantidad el nuevo aderezo que recibió el nombre de Salsa Club del Golf, luego más conocida como Salsa Golf.


                                              




Dr. Luis Federico Leloir - Canal Encuentro
Una anécdota: Un día, el Dr. Leloir, al ver que su mujer echaba una aspirina al agua de las flores para que duren más, compró dos ramos iguales y sólo usó aspirina en el agua de uno de ellos. Se secaron al mismo tiempo. “¿Ves, Amelia? La ciencia acaba de derribar una verdad universal”, le dijo.