jueves, 16 de mayo de 2013

ACERCA DE BARQUINA

Se llamaba Francisco Loiácono; nacido para la amistad y para la noche. De baja estatura y más bien grueso. Tenía dos lunares en su pómulo derecho y hablaba de cotelete, en un tono entre confidencial y cheronca. Siempre de traje a medida y camisa de seda con monograma. Todos lo conocían por Barquina, apócope de Barquinazo, nombre que le puso el Malevo Muñoz después de haberlo visto caminar. Eso fue en Crítica, donde debutó como ascensorista y a los diez días ya era el secretario del Trompa (Natalio Botana).
Fue alguien que se inventó a sí mismo. Devino en cronista policial pero siguió siendo esencialmente Barquina. Generó anécdotas y palabras que no tardaron en crearle una leyenda y la leyenda un mito en torno a la noche porteña y su persona. 
Barquina y Troilo
           Entre sus amigos figuraba Rafael Alberti. En su fiesta de casamiento tocaron siete de las orquestas más importantes de Buenos Aires. Compositores consagrados, entre los que figuraban Roberto Firpo y Francisco Canaro, le dedicaron cerca de cuarenta tangos.
Cinco presidentes, infinidad de jueces, ministros, taqueros de monta, periodistas, artesanos de la retórica, redobloneros y malandras se disputaron su compañía y muchos lo tuvieron por confidente.
            Lo conocí a mediados de la década del sesenta. Fuimos presentados por Ricardo Muñoz y René De Ninis; el encuentro fue en el Club Español. Mis amigos le habían dicho que yo escribía “poemas lunfardos”. Barquina, a poco de sentarnos a la mesa, me chequeó a su manera: 
           -Tordo, me alcanza el comarro. Le alcancé la panera y dijo: -Juna el bepi ¡eh!  
A partir de ahí lo sentí amigo.  
Fue un tiempo en que solíamos reunirnos y cenar juntos al menos una vez por semana.
La amistad era una de sus pasiones. Yo creo que la palabra gomía la inventó él. 

"A Homero" - tango de Aníbal Troilo y Cátulo Castillo
Canta Roberto Goyeneche con la orquesta de Aníbal Troilo

           Y aquí paso a referir una anécdota.
Fue en el tradicional restaurante Gambrinus de Villa Urquiza, que ya no está.
            Cierta noche de 1967 concurrimos a ese lugar Carlos Parache, Ricardo Muñoz, Barquina y yo.
            Barquina había estado aquella tarde, como tantas otras, en el hipódromo de Palermo, y, por supuesto, el tema hípico no tardó en ocupar nuestra conversación.
            Al recordar una famosa carrera disputada algunos años atrás, el autor de “N.P.” nos regaló el siguiente comentario:
            -¡Qué manera de sufrir! ¡Con decirles que ni la quise ver! Le di la espalda al pelotón y entré a mirar hacia la tribuna. Sólo me di cuenta de que veníamos ganando cuando vi que el rengo Laurito, en su alegría, se apoyaba en la justa y revoleaba la fulera.

            Y algo más:
             Barquina fue quien utilizó por primera vez, entre nosotros, la palabra “puentear” con el significado de recurrir a una instancia superior, saltando, deliberadamente, el orden jerárquico.