viernes, 14 de enero de 2005

JOSÉ BARCIA EN MIS RECUERDOS

(De izq. a derecha) - Parados: José Barcia, Luis Alposta y César Tiempo
Sentados: José Gobello, Jacobo De Diego, Juan Valmaggia, Ricardo M. Llanes
y el Dr. Ernesto Malbec.
Fue en el Restaurant del Hotel Español, el dia 8 de abril de 1972, cuando celebramos sus cuarenta años en el periodismo.

      A fines de 1962, en un día en que nos estábamos despidiendo del tranvía, unos hombres amantes del estudio de las voces y expresiones populares, resolvieron seguir siéndolo, pero de un modo más enfático y aplicado: fundaron la Academia Porteña del Lunfardo. Y fue en ella donde lo conocí a José Barcia.

         En el primer acto público, realizado en el Círculo de la Prensa, entonces su sede, Arturo López Peña pronunció una conferencia sobre la vida y la obra de Evaristo Carriego.

         Recuerdo haber sido uno de los primeros en llegar y que el primero en saludarme fue, precisamente, José Barcia, presidente de la flamante institución. Institución que supo reconocer en él, desde el vamos, una larga y tesonera labor de cultura, no sólo como periodista, editorialista del diario  La Nación, sino también como un ‘erudito en Buenos Aires’. Tenía entonces sobrados títulos para ocupar en ella un sillón y llegar a presidirla durante dieciocho años.

         Y aquella tarde –puedo decirlo, porque así fue-   del “mucho gusto” pasamos gradualmente a la amistad. Una amistad que fue creciendo en el tiempo y que se prolongó hasta el día de su muerte, o -para decirlo como a él le hubiese gustado- se prolongó hasta el día en que ‘dobló la servilleta’.

         Desde el inicial apretón de manos, hasta las palabras que fluían suavemente en la espontaneidad del diálogo, lo primero que uno advertía era su cordialidad y su modestia.

         La modestia de Barcia era Barcia mismo en cuerpo y alma, porque era en él emanación del espíritu y no sólo expresión de su fisonomía.

         Entiendo que no estaría completa esta semblanza si no dijese que poseía, además, el don de la palabra, y a tal punto, que su más alto magisterio estaba precisamente en su conversación.

         Escucharlo hablar era para nosotros acercarnos a muchos aspectos inéditos de la realidad porteña.

         Aunque era un hombre solitario, su soledad era como la del dedo pulgar, la que no le impedía formar parte de la mano y darse siempre a los demás.

         En el trato personal, era un hombre bondadoso y cálido, generoso, abierto a las consultas.

         Por eso al Barcia que hoy evoco hay que buscarlo por la ruta de quienes fueron sus amigos, sus compañeros de redacción o sus discípulos. Es al Barcia humilde, al que nos cautivaba con su hablar, sin proponérselo.

         Al Barcia que sin ser alegre nos proporcionaba alegría, porque tenía la alegría de la palabra y vivió conversando para comunicarla a sus amigos.

         Él era sin duda lo que decía, pero más aun, cómo lo decía. En la Academia, en el café, en la cantina de recalada.

         Revestía los temas de su conversación con tan peculiar transparencia en la sencillez de las palabras, en el tono y en las inflexiones de su voz, en la justeza del ademán, que cada frase suya, cargada de reflexiones y de anécdotas, ejercía en nosotros una seducción irresistible.

         Sus libros, Discepolín (1971); El tiempo de milonguita (1972); El lunfardo de Buenos Aires (1973); Tango, tangueros y tangocosas (1976) y su Diccionario Hípico (1978), todos ellos escritos con humor y en clave didáctica, nos hablan de un auténtico erudito en Buenos Aires, al que nada de lo porteño le era ajeno.

         A José Barcia se lo admiraba por su talento, se lo quería por su bonhomía y se lo respetaba; admiración, cariño y respeto que lo siguieron siempre como la sombra al cuerpo, creándose en torno a él una apretada trama de sentimientos cordiales y de amistades sólidas.

         Fue un periodista de larga y excepcional experiencia. A los veinte años, cuando no le faltaban sino unas pocas materias para culminar su carrera de Notariado de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, descubrió su vocación y ningún título podía neutralizarla. Ingresó en el diario La Nación como cronista de deportes y algunos meses más tarde, con carácter efectivo, en Noticias Gráficas, donde recorrió toda la gama jerárquica de una redacción periodística: cronista de turf, jefe de sección, prosecretario de redacción, secretario y, finalmente, director, continuando posteriormente  su carrera como editorialista de La Nación.   Perteneció también a las redacciones de los diarios “Tribuna Libre” y “El Diario” y de las revistas “Mundo Argentino”  y “Mundo Deportivo”.

         Barcia, en mis recuerdos de amigo, no ha de aparecer solamente como escritor y periodista de raza, de larga y excepcional experiencia; un ilustre académico o el dueño de una porteñidad inclaudicable, sino, también, como alguien que ha sabido calar hondo en el afecto y permanecer en él.

Los miembros de la Academia Porteña del Lunfardo posando en plena calle, frente a la que fue la segunda sede de la Institución (Lavalle 1537)

    José Barcia nació en  Buenos Aires el 27 de febrero de 1911 y falleció en la misma ciudad el 31 de diciembre de 1985. 


           "MI BUENOS AIRES QUERIDO" - tango - Alfredo Le Pera / Carlos Gardel