jueves, 9 de junio de 2011

ACERCA DEL MONUMENTO AL BAILARÍN DESCONOCIDO


Fue de un estilo vertical de pareja abrazada que nacieron tres constantes: el hombre debe salir siempre con el pie izquierdo, bailar hacia adelante sin retroceder, y girar en el espacio en sentido inverso a las agujas del reloj. Y todo esto, llevando a la mujer como a su sombra, acaso “como dormida”, con solemnidad, sin darse a los susurros confidenciales y haciendo del baile un fin en sí mismo.
Con el tiempo, esta proeza coreográfica se proyectó al mundo y el tango pasó a ser nuestro mejor embajador. Basta recordar los nombres de Enrique Saborido, Casimiro Aín, Jorge Martín Orcaizaguirre, más conocido como “Virulazo”, Juan Carlos Copes, Miguel Ángel Zotto y muchísimos más.
Sin entrar ahora a jugar de musicólogo, y ponerme a hablar de la influencia de la habanera o aseverar que casi todos los pasos del tango caben dentro de la coreografía del duelo criollo, digo sí, que lo primero fue y sigue siendo el ritmo, puesto que sólo con él y sin melodía alguna se puede estructurar perfectamente cualquier baile.
Y digo, también, que las muchas parejas virtuosas y anónimas que en el tango han sido y siguen siendo (deslizando sus pasos y respondiendo sólo a dos compases: al de la música y al del corazón), bien merecen el homenaje de tener en nuestra ciudad un “monumento al bailarín desconocido”.

Audio: “Dialoguitos en la milonga” ( El Monumento), de Luis Alposta,
en las voces de Jorge Waisburd y María Esther Sánchez
"Bailarín compadrito" por Carlos Gardel
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